El Pueblo vasco bajo el imperialismo



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La actual situación del Pueblo vasco en los territorios ocupados es el resultado de un largo proceso histórico de resistencia al imperialismo a través de sucesivas constelaciones estratégicas, y de su reducción paulatina. El régimen resultante tiene por origen y fundamento la destrucción, contra la libertad y el derecho internacional temporal e intemporal, de la independencia del Reino de Nabarra y de sus residuos forales, la negación teórica y práctica de la libertad y de los derechos inherentes y fundamentales de autodeterminación y legítima defensa de todos los pueblos.

A través de ocho siglos de desmembración y ocupación, con todas sus condiciones y consecuencias, el nacionalismo imperialista ha determinado, asimilado, separado, expulsado, exterminado, habitantes, ciudadanos, territorios, impuesto fronteras, normas políticas y morales fundamentales, ha causado destrozos inmensos e irreparables a la entidad y la identidad nacionales y ha llevado al Pueblo vasco a su situación actual. Palabras como guerra, conquista, cruzada, represión o terrorismo dan tan abstracta como pobre idea del contenido y de los horrores de la agresión y la ocupación imperialistas, de la realidad y los fundamentos del régimen de ocupación y colonización del despotismo oriental y el absolutismo al fascismo triunfante. Por mucho que se cambie de nombre a los hechos para hacer creer que son otra cosa, las instituciones del imperialismo chorrean la sangre de innumerables víctimas, testimonio permanente de los monstruosos crímenes que las han construido, crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad.

El contenido propio del imperialismo se manifiesta en toda la extensión de las relaciones sociales. Agresión, guerra, subyugación y ocupación, monopolio de la violencia, eliminación física, fusilamiento, cárceles y campos de esclavitud y trabajos forzados, ejecuciones y tortura, secuestro, terrorismo, amenaza, coacción, chantaje y toma de rehenes para la oposición democrática, por el único crimen de encarnar, conservar o defender los derechos humanos fundamentales, la libertad y la identidad nacional. Bombardeo, deportación, hambre, frío, enfermedad y humillación abatiéndose sobre hombres, mujeres y niños, víctimas inocentes de la agresión, el terrorismo y la exclusión fascistas, de la persecución, la venganza, la vesania, la crueldad y el sadismo de los vencedores. Cuotas municipales de vecinos a fusilar porque “hay que crear un clima de terror”. Genocidio o destrucción racial, lingüística y cultural, exterminio, expulsión, deportación, colonización, plantación, sustitución, inmersión, asimilación de poblaciones, destinados a completar la solución final por la liquidación del pueblo subyugado. Modificación de la base demográfica prefabricando de paso las clientelas y “mayorías electorales” del presente y el futuro.

Negación, discriminación, exclusión, menosprecio y humillación de un pueblo que se postula inexistente, destrucción de sus derechos y de su Estado históricamente constituidos. Determinación imperialista de la estructura internacional de clase. Organización de una economía de dependencia y subdesarrollo, pillaje, embargo, espolio, extorsión y explotación de los recursos naturales y productivos. Servicio militar impuesto por la violencia, con derecho y obligación de matar y hacerse matar al servicio del nacionalismo dominante. División y separación de personas, familias y territorios por fronteras impuestas, con una frontera interior durante largo tiempo herméticamente cerrada, intensificando la represión directa e indirecta y haciendo imposibles las relaciones económicas, familiares, sexuales, culturales, lingüísticas, ideológicas y políticas. Destrucción de las familias, dominación del hombre sobre la mujer, inherente al colonialismo. Redistribución forzosa de los puestos de trabajo por los despidos de rojo-separatistas, sustituidos por “caballeros excombatientes, mutilados o titulares de carnet” del Requeté y de la Falange. Privación de la libertad de circulación y comunicación de gentes e ideas.

Sumisión ideológica como condición de acceso a la vida, el trabajo y la cultura. Propaganda, intoxicación y guerra psicológica, lavado de cerebro, adoctrinamiento, condicionamiento ideológico forzado e implantación de la conciencia nacional imperialista y fascista desde la primera infancia por los monopolios de comunicación, información, educación y propaganda. “Adhesión a los Principios del Movimiento Nacional”, obligada para todo quien tuviera la pretensión de poder comer en este país. Represión, persecución y regresión de todas las formas del conocimiento, vulgar, científico o filosófico, por disposición autoritaria de un régimen político que impone su interés y sus decisiones en materia de ciencia, moral, arte, cultura o religión. Falsificación, construcción y retroyección de la historia, negación de la más evidente realidad social y política. Saludo brazo en alto, desfiles, marchas e himnos nacionalistas y fascistas obligatorios, en campos de trabajos forzados, en espectáculos y actos públicos civiles y religiosos, centros de enseñanza, hospitales, asilos u orfanatos. Liquidación de los signos de identidad nacionales, sustituidos por los del ocupante, en la calle, la administración, los medios de comunicación, las escuelas y los lugares de culto. Delirio xenófobo contra toda manifestación artística, lingüística y ortográfica extraña a las naciones ocupantes y a las potencias del Eje. Degradación, destrucción y sustitución de la onomástica y la toponimia auténticas, imposición administrativa a menores y adultos de denominaciones genuinamente francesas y españolas. Nombres, símbolos, efigies, placas y monumentos “a los gloriosos caídos por Dios y por España, a los héroes del Baleares, al heroico coronel Beorlegi, a los mártires de la Cruzada”, sustituidos ahora por espacios multi- commemorativos, mejor adaptados al tiempo presente y a las víctimas no-violentas de la violencia de los demás.

“Tales son los procedimientos idílicos” que han determinado, sobre el territorio histórico del pueblo vasco, la infrastructura y la suprastructura de las relaciones sociales contemporáneas, la organización material e ideológica, los sujetos agente y paciente de la violencia y sus condiciones y límites en el tiempo y en el espacio. Tal es el verdadero proceso constituyente que ha constituido la constitución real y primaria que constituye la Constitución formal y secundaria. Es así como se ha establecido el régimen político de ocupación vigente, establecido sobre montañas de cadáveres y ríos de sangre, conservado y desarrollado por el monopolio de violencia de sus fuerzas armadas, al servicio de una empresa de genocidio deliberada, permanente y total. A partir de ahí empiezan “la no-violencia, la paz, la libertad y la democracia” como el imperialismo y el fascismo las entienden, es decir el monopolio de la violencia del poder establecido, lo que la desvergüenza fascista de sus agentes, adalides directos e indirectos del nacional-socialismo y el nacional-catolicismo, fundidos en el nacionalismo-totalitarismo-imperialismo moderno con sus colaboradores y cómplices indígenas, presenta y describe como “Estado nacional natural, legítimo y democrático, constitucional y de derecho, establecido y conservado sin violencia, espontánea, pacífica y libremente fundado en la libertad, los derechos humanos, el valor supremo de la vida humana, la convivencia, el pluralismo, la tolerancia, la igualdad, el diálogo, la negociación, el compromiso, el consenso, la voluntad popular, el sufragio universal, el pacto constituyente, y el amor de Dios.” Sobre tales títulos y poderes se funda el “derecho” que los agentes del imperialismo se atribuyen para decidir del bien y del mal, para dictar la moral y la ley públicas, para atribuir patrias, identidades, derechos y deberes, para ordenar por la violencia y el terror toda la vida social, material y cultural por “el Estado de derecho y el imperio de la ley”, el Estado, el derecho y la ley que han hecho ellos para que los sufran los demás.

El nacionalismo imperialista ha conquistado este país a sangre y fuego, destruyendo por la fuerza bruta su Estado históricamente constituido. Ejerce, justifica y bendice un poder político e ideológico fundado y conservado por la guerra, la exclusión, la represión, el terror, el asesinato de masas, los grandes cementerios bajo la luna. Detenta los monopolios de violencia y propaganda y todos los poderes del régimen totalitario. Recurre a la tortura y el asesinato sistemáticos, legales e ilegales, oficiales u oficiosos, para conservarlos. Oprime y reprime, fusila, encarcela, silencia, humilla y convierte en malhechores, delincuentes y fugitivos a cuantos se niegan a someterse a su tiranía y dominación, persigue como delitos y crímenes comunes la legítima defensa teórica o práctica de los derechos humanos fundamentales y, ante todo, del derecho inherente de autodeterminación de todos los pueblos, primero de los derechos humanos y condición previa de todos los demás. Es el tratamiento que la dominación, el odio, el sadismo, el terrorismo de los vencedores imponen a los vencidos.



2

En la lucha multisecular del pueblo vasco contra el nacionalismo y el terrorismo, la violencia y el terror de las guerras y la represión del pasado fundaron y prepararon la violencia y el Terror del orden presente. Los crímenes “de antes”, como los crímenes de ahora, siguen impunes y vigentes. No son, como sus autores y beneficiarios quieren hacer creer cuando les conviene, historia pasada, sin identidad ni continuidad ni relevancia en las actuales relaciones sociales. Bien al contrario, con ellos y por ellos se han establecido, están constituidas, continúan y se mantienen las actuales relaciones sociales, la infrastructura y la suprastructura del actual régimen de ocupación. No puede afirmarse éste sin reivindicar los crímenes que lo han construido y lo mantienen. No puede condenarse éstos sin renunciar a la dominación política, económica e ideológica por ellos constituida.

Contra lo que sus agentes, colaboradores, cómplices, encubridores y apologistas alienígenas o aborígenes pretenden, el imperialismo y el fascismo no son “opiniones, opciones o sensibilidades democráticas, todas legítimas y respetables”. Son crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad, según el derecho internacional de costumbre reconocido en la Carta y en numerosas Resoluciones y Convenciones de las Naciones Unidas. Ninguna ley puede borrarlos o amnistiarlos. Los fascistas y los imperialistas no son pacifistas no- violentos, defensores de la libertad y la democracia, gente decente y personas de bien, políticos honrados y respetables. Son enemigos de la libertad y de los derechos humanos, asesinos y ladrones, delincuentes comunes, criminales autores de las mayores ofensas que registran la moral y el derecho. En cuanto tales, no tienen derechos. Es tarea fundamental legítima de las fuerzas democráticas “defenderse contra ellos por todos los medios posibles y necesarios”.

Son responsables no sólo los autores y coautores, cómplices y auxiliares materiales de tan horrendos crímenes, sino los que los inspiran, instigan, provocan, alientan, encubren, justifican, enaltecen, bendicen y santifican, y cuantos aportan su complicidad, colaboración, ayuda, auxilio, cooperación o concurso, de cualquier manera que sea. Ignorarlos u olvidarlos sería tanto como aceptar y legitimar despotismo, fascismo e imperialismo. Cualesquiera que sean sus ejecutores, no hay libertad y democracia posibles que se funden en la vigencia, la ignorancia, la prescripción, la remisión y el perdón de los crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad que fundan el presente régimen político y cuya determinación, declaración, prevención y sanción son exigencia ineludible de la ley internacional que el imperialismo conculca por su misma existencia. Sus autores, militares, civiles y eclesiásticos, en plena posesión de los monopolios de propaganda y guerra psicológica, piensan sin duda que han destruido, quemado, aterrorizado, asesinado, y exilado lo suficiente para que la memoria histórica y la conciencia colectiva hayan desaparecido, y aquí nadie se dé cuenta, se acuerde, ni se atreva a acordarse de nada. Ni siquiera del bombardeo y expulsión de poblaciones indefensas, ni de las cuadrillas de ladrones y asesinos regulares o irregulares desplegados por nuestros montes, calles y aldeas en nombre de Dios y del Imperio, ni de sus víctimas, que no encontraron respeto, ayuda, piedad, misericordia, compasión, sino persecución, condenación y muerte por la defensa de la libertad, de los derechos humanos fundamentales, de su personalidad y dignidad humanas y nacionales.

Las incontables víctimas que los padecieron y padecen son testimonio permanente de ello. Acabar con los testigos es un motivo suplementario para, y la única forma que encuentran de, sobreseer responsabilidad y culpabilidad, relegar a un pasado irrelevante el fundamento de la realidad contemporánea, borrar las huellas más evidentes del abominable, inolvidable, imperdonable e imborrable pecado original que la constituye.

El único inconveniente de tan drástico medio de resolución de los problemas ideológicos ha sido siempre la dificultad de liquidar o silenciar a todo el mundo. “Siempre” escapa alguien lo bastante fuerte, lo bastante íntegro o lo bastante loco para contarlo. De los que no escapan, nada sabemos. Puede destruirse los hombres y los documentos, borrarse las piedras y los monumentos, pero conservan su indeleble impronta en la conciencia colectiva, mientras quedan hombres libres sobre la tierra. El terror, la muerte, y sus consecuencias, sumisión, olvido e ignorancia, son las armas de los opresores. La resistencia vital y, con ella, el recuerdo de los crímenes, de las víctimas y de sus verdugos, son refugio y fuerza de los oprimidos.

La prescripción extintiva y otros recursos constitucionales o procesales son medios que los grandes criminales han establecido para asegurarse la impunidad escapando “legalmente” a las consecuencias de sus crímenes. Pero la cuenta pendiente que el imperialismo y sus servidores, déspotas, dictadores o simples ejecutores, generales o subalternos, papas, clérigos, religiosos o laicos de ambos sexos, tienen con este país sigue abierta. Sus fechorías no serán de hecho nunca olvidadas ni perdonadas, la memoria de las innumerables víctimas que por ellos han padecido y padecen humillación, prisión, destierro, frío, hambre y sed de pan, libertad y justicia, pérdida de identidad, honor, libertad o vida, les perseguirá siempre, en este mundo y en el otro. Con la pasión por la libertad, el odio al imperialismo y el fascismo no desaparecerá nunca de este país.



3

En la política multisecular que el nacionalismo imperialista español y francés, despótico- asiático, absolutista o republicano, ha practicado siempre en este país, la guerra de conquista de 1936 fue el mayor esfuerzo nunca realizado para liquidar por la vía rápida y de una vez para siempre la creciente resistencia del pueblo ocupado. Las directrices y prospectiva de Cisneros y Lebrija para ensanchar y homogeneizar el Estado-nación español mediante la liquidación del pueblo y el Estado ocupados, alcanzaron un nivel de realización sin precedentes.

Era explicable la euforia de los conquistadores y los asesinos: “Ha triunfado la España una, grande y libre. Ha caído vencida, aniquilada para siempre, esa horrible pesadilla siniestra y atroz que se llamaba Euzkadi. Podían discutir sobre los supuestos derechos de Vizcaya a su autonomía o gobierno propio. Desde ahora hay una razón que está por encima de todas. La razón de la sangre derramada por defender la sacrosanta unidad de la Patria. No reconocemos más derecho que el derecho de conquista. Perseguiremos a los nacionalistas vascos por los montes como a fieras salvajes. Vizcaya es otra vez parte de España por pura y simple conquista militar. La espada de Franco ha resuelto definitivamente el litigio. En estas horas trágicas de cruzada nacional están junto a nosotros la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la Portugal de Oliveira Salazar.”

En materia de nacionalismo imperialista y colonialista, como en materia de corrupción, la “izquierda liberal, republicana o socialista” oficial ha ido generalmente más lejos y es más doctrinaria, radical, destructora e innovadora que la derecha, a la que sirve de auxilio, recurso, coartada y sustituto para remediar a sus propias carencias y limitaciones. Para los “conservadores”, la historia, las constantes sociológicas, el derecho precedente, los pactos fundacionales, la santa tradición, son o se dicen valores fundamentales ideológicos y políticos. El constructivismo “de izquierda“ hace tabla rasa de los pueblos, las naciones y los Estados de los demás, inventa e impone por la violencia y el terrorismo la propia nación- Estado o Estado-nación.

De hecho, “liberales, republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas” españoles nunca se quedaron atrás en radicalismo nacionalista. Se manifestaron cada vez más abiertamente como nacionalistas a secas y, de hecho, no son otra cosa: “Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero sólido y cómodo. Ha valido para dos siglos. Es una constante de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años. El decreto de Franco aboliendo la autonomía de Cataluña tenía apasionados suscriptores entre los republicanos. No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. Con el derrumbamiento del frente vasco, nos hemos sacado de encima un problema para mañana. Tenemos que agradecer a Franco que nos haya resuelto el problema vasco, que ya es cosa del pasado. No hay más que una nación: ¡España! Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En cuestión de regionalismo, nos entendemos antes y mejor con los falangistas que con los separatistas.” (Etc etc).

Si ésto y cosas parecidas decían los españoles cuando practicaban la lucha de clases y la guerra civil entre ellos, puede colegirse lo que dicen y practican ahora que toda contradicción política ha desaparecido en favor de la reconciliación y la unión sagrada nacionalistas, y la lucha de clases interna y externa ha sido “abolida”.

En el juego de la guerra y la postguerra, había dos hipotéticos posibles ganadores o perdedores, pero los terceros periféricos, víctimas propiciatorias y perdedores designados y concertados, no tenían otra virtualidad que la derrota en todos los casos. Los republicanos los utilizaban para debilitar y retardar la ofensiva franquista sobre su frente principal, limitando o impidiendo la consolidación del Gobierno de hecho de Euzkadi, dejando a Franco la tarea de acabar finalmente con él, con la garantía de la legión Cóndor y la división Littorio. En esta causa perdida se movilizaron, diezmaron y desangraron los escasos o ilusorios recursos humanos y materiales del pueblo cogido en la trampa tendida por el fascismo internacional.

Españoles y franceses pueden diferir en materias de economía o de religión, pero son todos nacionalistas, en el peor sentido de la palabra. Las raras excepciones son individuales. Esta comunidad fundamental ha sido el cimiento y el cemento de la reconciliación nacional, espíritu de la “transición”. Dada la victoria total de la rebelión franquista, la “síntesis histórica de los contrarios” sólo podía consistir en la destrucción del nacionalismo vencido y su incorporación al vencedor. Gracias a ella, los diversos republicanos, que sostuvieron siempre la ocupación militar fundamento del imperio, se han integrado al franquismo en el poder y los franquistas oficiales alardean de democracia, sin que la falta de vergüenza tenga consecuencias negativas para ninguno de ellos. Conmemoran y celebran, conjunta y patrióticamente, la Constitución “liberal”, monárquica, nacionalista, colonialista, racista y esclavista de 1812, madre y modelo de las que la siguieron, imitación de la Constitución “liberal”, monárquica, nacionalista, colonialista, racista y esclavista de 1791. La represión de los movimientos de liberación nacional por el chauvinismo “de izquierda” es la más pletórica de todas, porque no sólo cuenta con la solidaridad de la reacción y la derecha conservadora tradicionales sino con la complicidad y el apoyo de “liberales y socialistas” de todo el mundo.

En lo que concierne a la cuestión nacional, “derechas e izquierdas” españolas y francesas, están y han estado siempre de acuerdo, y el diferencial restante no es antagónico, sino simultánea o sucesivamente complementario. En los territorios ocupados y colonizados, han servido siempre la lucha política e ideológica contra la libertad de los pueblos. Sus organizaciones son simple prolongación de las propias de la metrópoli colonial, de la cual dependen para todo. Encuentran su base local entre los colonos y los renegados, los componentes sociales naturalmente más agresivos, motivados, exigentes y resistentes del régimen imperialista.

El despotismo interno en España y Francia es históricamente inseparable del nacionalismo imperialista. El nacionalismo español no es producto del franquismo, el franquismo es producto del nacionalismo español. Los nacionalistas españoles son ahora legitimistas monárquicos, pero siguen siendo los nacionalistas totalitarios que siempre han sido. El social- imperialismo oficial deja constancia de ello. “Es ridículo hacerse la ilusión de que unas gentes que no defienden el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, siendo parte de las naciones opresoras, son capaces de conducir una política socialista. Precisamente porque de hecho son imperialistas y no socialistas, y únicamente por esta razón. Han conducido el socialismo a esta vergüenza inaudita: justificar y disfrazar la guerra imperialista aplicándole las nociones de la ‘defensa de la patria’. No son socialistas e internacionalistas como pretenden sino “social-patriotas, chauvinistas y anexionistas”.

El “dualismo” social-nacional clase-nación, arma ideológica predilecta del social- imperialismo tradicional, prestó continuos e importantes servicios a la lucha contra los pueblos e hizo estragos entre los desvalidos defensores de la libertad nacional. Contó con la adhesión sin fallas de los institucionalistas indígenas armados y desarmados, que lo han mantenido siempre, aún después del abandono y la abolición oficial de la lucha de clases por el franquismo renovado y sus mentores occidentales. El dogma reaccionario del problema “irresoluble en nuestro tiempo, de la doble alienación nacional y social” mostraba que, efectivamente, la cuestión era irresoluble para ellos. La incapacidad, presentada como imposibilidad universal, de la autoproclamada vanguardia ideológica y política, verificaba también que no hay dogmatismo más nocivo que el dogmatismo oscurantista, inseparable de la represión de las ideas y la libertad de expresión.

La Iglesia católica no se ha opuesto nunca a la opresión y la violencia ni aquí ni en ninguna parte, sino todo lo contrario, siempre que sea en su propio beneficio. Las mayores matanzas y más espantosas crueldades de la historia han contado con la iniciativa, el impulso y la exaltación eclesiásticos. Las fuerzas armadas, agentes de conquista, represión y terror de las hijas predilectas de la Iglesia, han encontrado y siguen encontrando todos los alientos, las justificaciones y las bendiciones que han querido. Nada importan las víctimas y sus sufrimientos si se asegura la imposición de la fe, que “es mucho más importante que la moral” (puede haber fe sin moral pero no moral sin fe.)

El pacifismo hipócrita que propala la absurda y herética afirmación del “valor supremo y absoluto de la sangre, ninguna causa, por justa que sea, vale una sola gota de sangre” etc, se alterna, cuando conviene, con la condena de la no-violencia, del Concilio de Arles al siglo XXI. El silencio o la aprobación encubre o conforta los crímenes de militares y clérigos falangistas, carlistas y franquistas. “El quinto no matar, nunca y por ningún motivo”, no obliga a los fuertes y los opresores, sino a los débiles y los oprimidos, cuyos sufrimientos son justo castigo de Dios por atentar a la sacrosanta unidad de España y Francia. “Matar es pecado, pero no es pecado, sino virtud y obligación, cuando se trata de servir a Dios y a España. Benditos sean los cañones si en las brechas que abren florece el Evangelio.”

Tras la guerra de conquista de 1936, el monopolio de la violencia se acompañaba de nombres, símbolos, efigies, placas y monumentos de España, del Caudillo y de la Falange, “a los gloriosos caídos por Dios y por España y a los mártires de la Cruzada”, impuestos a los fieles y los infieles intramuros y extramuros de los templos. La marcha granadera y la bandera española se confundían con el alzar de la hostia y el cáliz, el Santísimo Sacramento de la Eucaristía compartía palio con el sanguinario, cruel y vengativo tirano y su familia, responsables de los inmensos sufrimientos de hombres, mujeres y niños indefensos.

Ni la represión directa, persecución, degradación, destierro, sustitución, encarcelamiento, tortura y fusilamiento de curas, frailes y monjas, ni la subyugación de las conciencias, ni el bombardeo terrorista de los templos (con los fieles dentro) han sido inconveniente para una Iglesia que nunca ha aplicado aquí sino a contrario los principios oficialmente proclamados sobre el clero indígena, los derechos humanos, el derecho de autodeterminación de todos los pueblos. En la victimología y el martirologio eclesiásticos, los curas fusilados por instigar y apoyar la sublevación franquista lo fueron por su fe católica, los perseguidos, degradados, desterrados, encarcelados, torturados y fusilados por “estos buenos militares” lo tuvieron merecido, por oponerse a la Cruzada contra el comunismo internacional, al sacrosanto nacional-catolicismo español, por el imperio hacia Dios.

La instigación y el apoyo de Inocencio III y Julio II a las guerras de agresión y conquista de sus hijas predilectas se han visto pertinazmente desarrollados a través de los siglos hasta la ofensiva contemporánea de los Pacelli y Wojtyla contra un pueblo al que nunca han perdonado no someterse dócilmente a sus dictados, no haberse incorporado a la reacción fascista y el Movimiento nacional franquista sino haber resistido y combatido contra ellos.

En Europa, como en Abisinia, Filipinas, Cuba, Marruecos o Argelia, la Jerarquía bendice los crímenes del nacional-catolicismo y las guerras coloniales de dominación y exterminio. Su instancia suprema condena el “nacionalismo exagerado”, (según desvergonzada extensión analógica de la encíclica Mit Brennender Sorge), pero bendice el “nacionalismo moderado” de “España valor moral”. A la exaltación del derecho imperialista y fascista, corresponden la negación del derecho de libertad, autodeterminación y legítima defensa, la persecución, el desprecio y la humillación para el pueblo, la cultura, la lengua, la identidad nacional de las víctimas de la Cruzada. Las encíclicas de Roncalli, Mater et Magistra y Pacem in Terris pasaron al desván de los trastos viejos, la Divini Redemptoris, como la Mit Brendener Sorge, se utiliza en cuanto, como y cuando conviene.

Adoptan plenamente esta actitud ideológica y política, la estrategia y el derecho vaticanos, sus excomuniones, sus Cruzadas y su diplomacia, la organización, la administración y la actividad apostólica, sacramental y litúrgica eclesiásticas. La diócesis se asimila a la provincia o el departamento y hasta el nombramiento y la investidura de los obispos se realiza por el respectivo ministro del Interior francés o español.

El nacional-catolicismo hispano-vaticano, la indefectible instigación y participación eclesiástica en el despotismo, el fascismo, el terrorismo y el colonialismo, su negación incesante de la libertad y los derechos fundamentales de los hombres y de los pueblos son reveladores de la depravación y la perversión moral que son matriz, guía y pauta ideológicas de tal modo de comportamiento.



4

El pueblo francés pasó del feudalismo al absolutismo “brutalmente forzado por la corrupción y por el uso de una atroz crueldad.” “Durante todo este período fue mirado por los otros europeos como el pueblo esclavo por excelencia, el pueblo que estaba como ganado a disposición del soberano.” “El régimen de Louis XIV era ya verdaderamente totalitario.” En los países conquistados, “para los cuales los franceses eran extranjeros y bárbaros, como para nosotros los alemanes”, los franceses aplicaron “el terror, la Inquisición y el exterminio.”

El reino-república-imperio francés es el resultado de la agresión, conquista anexión y expansión por el primitivo reino franco de todos los pequeños Estados circundantes del continente e islas adyacentes. La guerra y el terror deshicieron toda oposición estratégica. El monopolio de la violencia y el Terror se hizo absoluto. En consecuencia, el gobierno francés afronta todos los problemas, políticos o individuales por el recurso inmediato, sin contemplaciones, límites ni paliativos, a la represión armada. Este procedimiento ha fracasado repetidamente durante el siglo precedente, pero sigue aplicándose como el único que responde a la naturaleza del régimen.

La Revolución francesa produjo el prototipo de dictadura y totalitarismo modernos. Reducción y sumisión de los órganos legislativo y judicial, “perfeccionamiento y consolidación del ‘poder ejecutivo’, de su aparato burocrático y militar. Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con su máquina estatal compleja y artificial, su ejército de funcionarios de medio millón de hombres y el otro ejército de quinientos mil soldados, pavoroso cuerpo parásito que recubre como una membrana el cuerpo de la sociedad francesa y obstruye todos sus poros, se constituyó en la época de la monarquía absoluta, al declinar la feudalidad que ayudó a derribar. Todas la revoluciones políticas no han hecho sino reforzar esta máquina en lugar de destruirla. Los partidos que lucharon cada uno a su vez por el poder consideraron la conquista de este inmenso edificio del Estado como la principal presa del vencedor. Repartirse el botin, instalarse en los puestos lucrativos, repartirse las sinecuras administrativas. Esta redistribución del ‘botin’ se hacía de arriba abajo, a través de todo el país, en todas las administraciones centrales y locales.” Los clásicos no podían imaginar hasta qué punto estas cifras y realidades resultarían ridículas al lado de las actualmente desarrolladas y establecidas.

La organización constructivista del poder político, la inaudita centralización y la concentración funcional y territorial del Estado, la ausencia de la división de poderes general y territorial, el sacrificio de los derechos humanos y las libertades individuales, la sociedad civil como dependencia pasiva de una administración arrogante y todopoderosa ante la cual no hay réplica ni defensa posible, el servilismo, el corporatismo y la corrupción, la ley formal al servicio de la ley real, son la realidad que una inmensa empresa ideológica de propaganda, mistificación e intoxicación ocultaba e idealizaba, exaltando “la patria de los derechos humanos, donde pobres y ricos, débiles y poderosos son iguales ante la ley y la Justicia, la ley es la misma para todos” etc, funcionales estupideces que la más mínima cotidiana experiencia se basta para desmentir.

“Las dos instituciones más características de esta máquina de Estado son: la burocracia y el ejército permanente.” Ambas se encuentran unidas “por mil lazos” a las clases que detentan el poder y las riquezas en la sociedad civil. La unión del capital industrial y bancario resulta en el monopolio del capital financiero, “oligarquía financiera que envuelve en una apretada red de relaciones de dependencia todas las instituciones económicas y políticas sin excepción”.

Además del poder directo de la riqueza sobre la política, “la riqueza ejerce su poder de forma indirecta, pero tanto más segura. Por una parte, bajo forma de corrupción directa de los funcionarios, de lo que América ofrece un ejemplo clásico, por otra parte, bajo forma de alianza entre el gobierno y la bolsa. Y, finalmente, la clase poseedora reina directamente por medio del sufragio universal. Disponiendo de la fuerza pública y del derecho de cobrar los impuestos, los funcionarios, como órganos de la sociedad, están colocados por encima de la sociedad.” Sin ellos, el Estado se derrumbaría. La ley real, la arbitrariedad y la rutina, prevalecen sobre la ley formal que, con frecuencia, ni siquiera conocen, ni falta que les hace. El poder, la razón de Estado y los privilegios de que efectivamente disponen los hace intocables e irresponsables. En un sistema completamente trucado, frente a “la máquina” de Estado y el poder del capital financiero, las leyes formales se aplican por cuanto sirven a las leyes reales establecidas por el poder dominante. Se utilizan cuando conviene a los poderes reales políticos y económicos, y se ignoran y quebrantan cuando perjudican a sus intereses.

Los débiles y los pobres no tienen ninguna posibilidad de salir vencedores frente a los ricos y los poderosos, ni siquiera en los conflictos civiles e individuales más alejados de las cuestiones políticas fundamentales. (Las excepciones, como los premios de la lotería, son necesarias para avalar y disimular el sistema. Los controles supraestatales, la Convención europea de salvaguardia de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales, y las “condenas” consiguientes, tienen el mismo objeto y muestran la hipócrita y patética incapacidad de las instancias europeas frente a los Estados miembros.)

La Revolución francesa fue el factor destabilizador efectivo que determinó la crisis del despotismo oriental en España, “donde casi no hubo feudalismo” y el despotismo oriental se extendió y consolidó con la ruina de las libertades comuneras y la liquidación de los derechos nacionales de los reinos circundantes. La nueva política copiaba y trataba de aplicar el modelo de totalitarismo moderno a la francesa. Como es normal en los Estados políticamente subdesarrollados, el Ejército se imponía y operaba como clase política efectiva y decisiva.

El “reino de España”, que sustituyó tardía y vergonzantemente a “los reinos de España”, fue resultado de guerras, revoluciones y resistencias que no cesaron nunca. El poder ha tenido que contar con ellas. La misma continua y feroz represión que practican da al imperialismo y el fascismo español un carácter y una mentalidad propias del que sabe que tiene o puede tener un adversario político, algo que el nacionalismo francés, que se ha cargado a todos, nunca se avendría a reconocer. Se trata de la espontánea o atávica reserva que siglos de insumisos, herejes, comuneros, moriscos, anarquistas y rojo-separatistas inspiran al poder monopolista. (La extendida idea según la cual la represión francesa contra vascos y catalanes ha sido inexistente o más blanda que la española es históricamente falsa. “La ocupación francesa es la más dura de todas las ocupaciones”, aunque en esta cuestión la concurrencia es mucha y aventajada. La Revolución no la ablandó, sino todo lo contrario. Si los mismos episodios represivos de 1610, 1713 y 1795 no se dieron después, ello no se debió al humanismo- liberalismo-socialismo francés sino, simplemente, a que los fragmentos de pueblo de los respectivos territorios eran ya incapaces de oposición, y sin presión no hay represión. El monopolio de la violencia a estilo francés es tan absoluto que no suele dejar otra vía de supervivencia que la sumisión también absoluta.)

“Un conquistador es siempre amigo de la paz”, la suya, que espera conseguir a vil o bajo precio. Es también un optimista en cuestión de guerra y de ocupación. “Si a esta paz siguiera la unión de las provincias y el resto de la Navarra sin las trabas forales que les separan y hacen casi un miembro muerto del reino, habrá VE hecho una de aquellas obras que no hemos visto desde el cardenal Cisneros o el gran Felipe V. Estas son las épocas que se deben aprovechar para aumentar los fondos y fuerza de la monarquía. Tendremos fuerzas suficientes sobre el terreno, para que ésto se verifique sin disparar un tiro ni haber quien se atreva a repugnarlo.” La convicción pedante del espía borbónico no pudo evitar que no un tiro, sino tres guerras más, con sus postguerras de violencia, represión, destrucción y terrorismo, fueran necesarias para consolidar la anexión del Reino de Nabarra y la ruina del régimen foral hasta llegar a la actual situación.

La victoria del general Franco y sus padrinos del Eje liquidó el equilibrio inestable de fuerzas de la segunda República, destrozó la oposición y estableció el poder absoluto de la reacción, fijó la dictadura y la dominación del gran capital, los grandes terratenientes, la Iglesia católica, las fuerzas nacionalistas, imperialistas y colonialistas.

La evolución política en la España de la postguerra tuvo por fundamento profundas modificaciones en las estructuras conflictivas del sistema social, el desplazamiento constante de la relación de fuerzas en favor de los detentadores del poder, la regresión, la extinción, la liquidación o la sumisión de la oposición. La transición intratotalitaria tenía por fin conservar los logros intangibles y los fundamentos inamovibles del Estado unitario imperialista y fascista, con el reconocimiento, la homologación, la participación de las potencias occidentales, antes divididas y finalmente reunidas en su interés por estabilizar, consolidar y legitimar los logros del régimen franquista dando apariencias de democracia parlamentaria a la continuidad de la dictadura bajo las innovaciones formales y garantizando, ante todo, el control y la estabilidad del orden político, el monopolio de la violencia y el terror, establecido como resultado de la guerra y nunca puesto en cuestión desde entonces.

El ejército nacionalista y fascista español ganó la guerra de forma completa, y el pueblo español, después de la monumental paliza de 1936 y sus consecuencias, con una economía en ruinas, sometido al reino del terror y la venganza franquistas, no estaba para gaitas. Como los franceses en 1939, los españoles habían comprendido la terrible lección y las ventajas, verificadas y disfrutadas durante siglos de despotismo, de la sumisión al orden establecido por la violencia y el terror.

En España no había oposición democrática que reducir. Entre la “transición” y el golpe endocastrense del 81 desaparecieron los últimos temores, al respecto, de una “clase” político- militar que no podía ya sublevarse y acceder al poder porque ya lo había hecho muchos años antes. Toda revolución y todo cambio políticos implican un desplazamiento del poder político. Cuando el monopolio de la violencia permanece intacto en las mismas manos que antes, con todas las variaciones colaterales que se quiera, no hay cambio ni revolución, sino farsa funcional al servicio del régimen constituido.

La verdad, la realidad y la identidad de un régimen político no se fundan en las “altas esferas” de la burocracia administrativa y sus ceremonias protocolarias. Se fundan y manifiestan inequívocamente en la composición y la actividad material de sus fuerzas armadas. El ejército español sigue siendo el ejército franquista, que ganó la guerra, por mucho reconocimiento póstumo que obtenga el republicano, que la perdió.

La reforma, la adaptación y la modernización del fascismo español fueron preparadas y organizadas por el Gobierno del General Franco y la oligarquía nacionalista y clerical que lo sostenía, bajo el monopolio fascista de violencia, terror y propaganda. El mundo entero respaldaba una operación que la inexistencia o la incapacidad de la oposición española presentaba como la única posible y deseable. El campo quedaba libre para las grandes maniobras de reforma y consolidación de la dictadura militar. Se hacían posibles, de este modo, la adaptación a las nuevas condiciones generales, la incorporación de las nuevas técnicas de represión, condicionamiento e integración, la “superación” de las grandes crisis sociales, bélicas o revolucionarias, ausentes de largo tiempo en el conjunto occidental. La cuestión decisiva, “saber quién manda aquí”, no ofrecía dudas para nadie. Todo postulante individual o colectivo sabía que debía pasar por las horcas caudinas del ejército español.

La planeación, la dirección “técnica” y la garantía política y financiera de la operación corrían a cargo de los Servicios de inteligencia americanos, británicos, germanos, israelíes, vaticanos, con los partidos, sindicatos, fundaciones, empresas financieras y multinacionales, publicaciones “científicas y culturales”, Ong “humanitarias”, clero secular y órdenes eclesiásticas, y demás satélites dependientes de ellos. Los “Servicios especiales secretos, informativos y operativos” son, en realidad, vastas y potentes empresas legales, ilegales o criminales, de espionaje, propaganda, represión, subversión, provocación, corrupción y terrorismo. Una parte decisiva de las actividades gubernamentales, en particular el “trabajo sucio”, se realiza así en corto-circuito administrativo con “los Servicios”, lo que hace de ellos, en la misma medida, el verdadero agente ideológico y político de nuestro tiempo.

En sus tentativas de adaptación y camuflaje del Movimiento Nacional-Sindicalista de la España Una, Grande y Libre” y del Estado “instrumento totalitario autoritario, unitario, imperialista y ético-misional al servicio de la unidad, la integridad y la grandeza de la patria por el imperio hacia Dios contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista”, el general Franco no había ido más lejos que “el Fuero de los españoles, la participación del pueblo español en la democracia orgánica y la autolimitación de la Jefatura del Estado en que se concentran todos los poderes.” La “transición” intratotalitaria del franquismo le aportó autorreforma y consolidación bajo el protectorado de las potencias hegemónicas integrantes del sistema de dominación imperialista y terrorista internacional y sus satélites.

Una oposición determinada, portadora de la crítica, la denuncia y la exigencia democráticas, habría bastado para poner en evidencia la falacia y la verdadera naturaleza de la operación, ofreciendo la condición primera para convertir la crisis del franquismo en revolución democrática. Pero tal oposición no existía, “todos los rojos se habían pasado a los nacionales”. En realidad, habían abandonado toda pretensión de oponerse al sistema vigente, sólo aspiraban a integrarse en él. Había “descubierto” que sin oposición no hay represión ni fascismo. La manera más segura de acabar con ellos no era potenciar la oposición al régimen establecido, sino acabar con ella para conformar una “oposición moderada” aceptable para él. Lo importante era dar seguridades a las clases dominantes de que su dominación y sus intereses no corrían ningún peligro y se preservarían con creces.

Las “fuerzas democráticas” españolas y sus títeres periféricos habían unilateral, generosa y oficialmente “renunciado a toda violencia activa y pasiva” (sic). El imaginario derrumbe del régimen era en realidad el derribo de la sedicente oposición. Se dio de lado a la República y sus autonomías, en favor de un régimen “sin signo institucional definido”, que encubría el régimen perfectamente definido que cortaba el bacalao. La supuesta revolución democrática se redujo a la ruptura institucional en palabras y ésta a la continuidad institucional del franquismo. Su fundamento social se aseguraba con la negación, el abandono o la “abolición” de la lucha de clases nacional e internacional. “La burguesía y el proletariado”, categorías metafísicas inconciliables, abrumador antagonismo y dualidad maestra de la propaganda social-ímperialista en los territorios ocupados, que embrutecieron a las víctimas del socialímperialismo durante el primer franquismo, desaparecieron de los discursos tras la reconciliación nacional, sustituidas por “la ciudadanía, los españoles todas categorías, el pueblo español, la nación una e indivisible”. Para encontrar un obrero o un trabajador hay que consultar las siglas publicitarias.

Pero sin auxilio exterior y sin oposición democrática ¿quién entonces iba a echar a Franco y al franquismo? La fértil imaginación de los liquidadores resolvió también tan leve dificultad. Al régimen “el cambio le venía desde dentro” por obra de los propios franquistas, convertidos ya a la democracia.

Faltaba ponerle el cascabel al ejército, reputado columna vertebral del franquismo en la paz como en la guerra. No sólo “el Ejército podría retirar su apoyo al régimen, facilitando la realización de la voluntad popular”, sino que sería también posible “establecer una colaboración pueblo-Ejército para una acción destinada a instaurar las libertades políticas, un movimiento coordinado del pueblo y del Ejército para abolir la dictadura.” La repetida minúscula de pueblo y la insistente mayúscula de Ejército no eran un lapsus o un error tipográfico, sino la manifestación del papel real que los reconciliadores reconocían o asignaban a uno y otro en el “proceso de Colaboración y liberación”.

La complementariedad y la alternancia eran norma convenida del tradicional “bipartidismo pacífico” de las restauraciones monárquicas españolas. “Los dos grandes partidos se sucedían en el poder según el principio de una alternancia consentida, bajo cubierta de elecciones ‘prefabricadas’ desde lo alto para permitir a los partidarios de estas dos formaciones aprovecharse por turnos de las ventajas que procuran los empleos administrativos.” Las ventajas se han ampliado mucho desde entonces y “los dos grandes partidos” parecen lo que son, el partido único nacionalista español, enriquecido, diversificado y potenciado con múltiples aportaciones, incorporadas o toleradas en cuanto aceptaban y reconocían todos los principios políticos y condiciones legales e ideológicas del régimen. Los tupidos filtros de los diversos Servicios no fueron obstáculo a la recuperación de los restos, signos y despojos de los partidos republicanos que podían contribuir a disimular la superchería. Mientras la derecha franquista tradicional recuperaba una democracia cristiana desacreditada y exangüe, los escuálidos residuos del PsoE fueron colonizados y repoblados, su burocracia y organización descartadas y sustituidas por la Falange Española tradicionalista y de las JONS que, rebautizada y homologada, encontró al fin su destino universal al servicio del nuevo imperio de occidente. El PcE, reducido a sombrías perspectivas de exclusión y aislamiento, corrió a su particular Canossa ultramarino y se descartó a sí mismo. “Ahora el comunismo es la defensa de las libertades.” (Si “ahora” el comunismo es eso, se podrían y nos podrían haber ahorrado el de antes, el catástrófico coste y balance de la revolución rusa y sus epígonos.) Más corrupción, subvenciones y donativos, aseguraron desde entonces la dependencia de todos como organizaciones auxiliares al servicio del Estado. Obtenían, a cambio, rehabilitación, reconocimiento y gratificante reinserción en los organismos auxiliares de gestión, propaganda y recuperación del “nuevo” régimen, tanto más necesarios por cuanto que de los malditos rojo-separatistas todavía quedaban los malditos separatistas.

La verdad, la realidad y la identidad de una clase o un partido políticos se fundan sobre su contenido ideológico y político, no sobre distinciones formales, personales, burocráticas o corporativas. Las organizaciones, partidos o sindicatos de la “oposición” oficial al franquismo renovado, escogidas para asegurar la continuidad del franquismo en España y sus colonias, se impusieron bajo el monopolio franquista de la violencia y el terror, por decisión y bajo vigilancia del CIA y el FBI. Fueron creadas, inventadas, diseñadas, seleccionadas, financiadas y promocionadas por el poder franquista y sus protectores, como piezas integrantes de su sistema de dominación. Encontraron su sitio según el guión y el organigrama transitivos confeccionados por los Gobiernos y Servicios secretos españoles y occidentales. Los demás, fueron inmediata o progresivamente excluidos, perseguidos, ilegalizados, si eran obstáculo o no eran ya útiles al nuevo franquismo, consolidado y cada vez más exigente como consecuencia del derrumbe de la oposición al fascismo y el imperialismo.

En los tiempos heroicos del liberalismo, el anarquismo, el socialismo y los movimientos de liberación nacional, el despotismo y el imperialismo imponían su poder político reprimiendo la oposición. El totalitarismo moderno fabrica él mismo su “oposición”, la inventa, reinventa, recupera, incorpora, provoca, corrompe, informa, fomenta, organiza y dirige según conviene a su dominación. Además de sus funciones políticas e ideológicas, los nuevos servicios auxiliares proveen a la distribución de las prebendas, los enchufes y la corrupción administrativamente organizada. Subvenciones y donativos aseguran su dependencia de una ayuda financiera sin la cual no pueden subsistir.

Los protagonistas del primer franquismo eran fascistas y criminales cínicos, sin complejos y sin vergüenza de serlo. Ningún tribunal penal nacional o internacional los ha encausado nunca. Siguen ejerciendo el poder político e ideológico. Los ministros, esbirros y demás agentes que oficiaron durante la guerra y la dictadura del general Franco, cómplices, coautores, signatarios y beneficiarios de todos sus crímenes, han ocupado un lugar distinguido entre los artífices de la “transición” como demócratas de siempre, fundan partidos y concurren a sus elecciones, desempeñan los más altos cargos, conservan sitio y ejercen destacadas funciones en el “nuevo” régimen, lo que ilustra la naturaleza de la autorreforma y la diferencia sin más de toda auténtica evolución o revolución del poder político. Ellos y sus familias conservan los bienes muebles e inmuebles “donados”, requisados, confiscados y espoliados, y disfrutan de ellos en toda impunidad. Se llaman a todas horas demócratas no- violentos, esperando que a fuerza de repetirlo sus víctimas se lo crean, pero son los mismos franquistas de siempre, más hipócritas y peligrosos todavía que antes. Su presencia en las instituciones no las contamina, pues son tan fachas los unos como las otras. No más ni mejor crédito que ellos merecen los “republicanos, anarquistas, socialistas, comunistas y nacionalistas periféricos” que reconocen las fuerzas armadas franquistas como democráticas y no-violentas, el Estado criminal como propio, y pugnan por alcanzar su confianza, reconocimiento, favor y benevolencia, sin los cuales se les acaba la fiesta.

El régimen del general Franco realizaba así su “transición democrática”. Rehabilitado, legitimado, confirmado, reconocido y consolidado, logró su triunfo definitivo sin solución de continuidad, sin tocar siquiera a su estructura de clase ni a su “clase” política real, fuerzas armadas, burocracia, servicios administrativos, todos poblados de demócratas de siempre o milagrosamente convertidos a la democracia de la noche a la mañana. Para llegar a eso, la oposición española y sus títeres periféricos se habrían podido ahorrar, y nos habrían permitido ahorrarnos, la Dictadura, la República, la guerra de 1936 y la postguerra franquista, y la democracia no podría estar peor de lo que está.



5

En los territorios vascos ocupados, el proceso de reducción política de la post-guerra se desarrolló frente a un fuerte impulso de reconstitución y expansión de la oposición democrática al fascismo imperialista. Como ocurre en las fases históricas críticas, cuando “se discierne en todas las partes del cuerpo social una suerte de temblor interior”, una energía y una vibración vital inconfundibles se hacían sentir en un país todavía transido y paralizado por la violencia, el terror, el recuerdo reciente de las masacres de la guerra y la postguerra, último episodio de siglos de agresión y ocupación imperialistas. Se manifestaba en la oposición y la resistencia de masas, fundamentalmente espontáneas, parcialmente encubiertas o disfrazadas, pero cuya virtualidad estratégica a nadie podía ocultarse en la inquietud, la tensión y la vitalidad ideológica y cultural latentes bajo la siniestra capa de la opresión totalitaria. En las condiciones de la postguerra, desaparecida la oposición republicana, cuando el fascismo español y sus cómplices multinacionales preparaban la “transición” intratotalitaria, el Pueblo vasco disponía de todos los elementos potencialmente constitutivos de una acción política de nivel estratégico, de los medios ideológicos y políticos para constituirse en agente institucional capaz de ejercer como nación real y actual.

Históricamente definido, un sistema de fines y medios dinámicamente inserto en la relación general de fuerzas parecía establecer provisionalmente al pueblo vasco como agente estratégico capaz de ejercer de hecho y de derecho como nación real y actual. Una capacidad de organización y movilización forjada y verificada por largo tiempo de resistencia clandestina de la sociedad civil hacía inmediatamente operacional la oposición democrática, mientras el imperialismo de todo signo, su propia sociedad civil adolecía aquí, por su propia naturaleza, de tradiciones e instituciones básicas, inmediatamente adaptables y complementarias de las fuerzas armadas de ocupación. Finalmente, excepcionales olas mundiales de decolonización y liberación nacional y la afirmación formal por las NU de los derechos de independencia y autodeterminación de todos los pueblos frente a los crímenes del imperialismo y el colonialismo, completaban el contexto ideológico y político, la ocasión única para afirmar una realidad nacional y cumplir una función de primer orden en la extensión de la libertad de los pueblos. Todo ello señalaba la transición intratotalitaria como momento privilegiado del afrontamiento estratégico, en la perspectiva propia del movimiento democrático de liberación nacional. Lo que habría, sin más, desenmascarado el sistema, puesto en evidencia la irreductibilidad nacional del Pueblo vasco y acreditado a su Estado históricamente constituido como inevitable realidad internacional, situando el proceso real de autodeterminación a un nivel decisivo de desarrollo estratégico e institucional.

El sabotaje estratégico en curso, la destrucción de toda alternativa democrática y de la resistencia popular por la incorporación “pactada” al plan de salvación y desarrollo del imperialismo fascista, arruinaron tal esperanza. El vigoroso, auténtico y espontáneo impulso de reproducción, renacimiento, renovación y expansión, ideológico, político, cultural, artístico, que agitaba entonces las fuerzas populares del Pueblo vasco, se interrumpió brutalmente y nunca se restableció después.

“Pocas veces se ha dado un pueblo tan políticamente dispuesto y unido como el que había en el País Vasco. Pero sus dirigentes no han sabido unirse. La política es estrategia”. Esta difundida declaración parecía fundar en la falta de unidad de los dirigentes la fuente del desastre estratégico. En realidad, la liquidación estratégica precedió a la falta de unidad. No cabe unidad política sin referencia constitutiva a la unidad estratégica. No hay unidad, ni falta que hace, sino en función estratégica. La división y el enfrentamiento de la propia base política son de otro modo irremediables, las llamadas a la unidad son palabrería vacía e hipócrita. Más vale una división neta y progresiva que una “unión” falaz y reaccionaria. Para hacer las cosas mal, más vale separarse. Es entonces la “falta de unidad” la que permite preservar los factores de recuperación ideológica y política. Los pueblos no son derrotados porque divididos, la liquidación estratégica precede a la decomposición política.

No hay ”clase” política ni organización capaz de crear una situación revolucionaria donde faltan las condiciones sociales e ideológicas para ello. Pero una pretendida clase y vanguardia política que retarda absoluta y relativamente sobre la conciencia y la exigencia de la resistencia popular espontánea se basta por sí sola para arruinar el más favorable de los complejos ideológico-políticos.

La burocracia institucionalista y sus satélites contribuyeron decisivamente a preparar, conformar y consolidar el régimen impuesto por el franquismo y el fascismo internacional. Los pactos de Paris y de Munich (1957-1958-1962) dieron flagrante forma convencional a la liquidación del Pueblo vasco como agente estratégica y territorialmente constituido. Lo entregaron sin defensa, atado de pies y manos al arbitrio de su enemigo mortal, el nacionalismo español. Salvaron al franquismo de una crisis colonial, institucional, electoral, ideológica y política. Las maniobras ilusorias e ilusionistas para “acelerar el inevitable e inminente derrumbe del franquismo”, conllevaron cincuenta años irremediablemente perdidos, por ahora, con todas sus consecuencias, resultado previsible, previsto y anunciado de la degeneración, la descomposición y la liquidación de la oposición democrática, del oportunismo, la colaboración, la complicidad y la traición de su pretendida clase política, del contrato leonino en que el imperialismo y el fascismo se reservaban y aseguraban todos los derechos y el pueblo subyugado renunciaba a todos los suyos, con la vana esperanza de que sus amos, lo quisieran y lo trataran bien. “Hemos sido comprendidos por nuestros aliados, de los que hemos recibido seguridades en las que tenemos derecho a confiar”. Los derechos humanos fundamentales se habían sustituido por un derecho a confiar que ningún Gobierno, democrático o totalitario, ha negado nunca a nadie. Las verdaderas “seguridades” se le daban al franquismo en el poder, comprendidas las promesas vacías y la liquidación de todo lo que sonase a instituciones políticas propias del Pueblo vasco.

La burocracia liquidacionista, siguiendo a sus “aliados”, había “comprendido” que la resistencia del Pueblo vasco al régimen unitario era un insoportable obstáculo para la acumulación de fuerzas “democráticas” contra el fascismo y el imperialismo en el poder. Habían “abandonado a Franco los monárquicos, la jerarquía católica, las clases conservadoras y liberales, los falangistas, y estaba dispuesto a hacerlo el Opus Dei. ¿Qué le queda a Franco y a su régimen? El ejército. Franco es tan enemigo del ejército como lo es de todos los demócratas. El día en que el ejército marque el primer paso en sentido liberador será el último de su régimen.” En la prolongada espera del día en que el ejército liberador se desembarazase de su enemigo, la prioridad era allanarle el camino, retirando de él cuantas dificultades pudieran contrarrestar o debilitar sus impulsos democratizantes, desmantelar toda estructura nacional propia, frenar y desacreditar el crecimiento ideológico y político del movimiento de liberación nacional, hacer de las fuerzas democráticas apéndice y comparsa inertes, dóciles y sumisos de la política española.

La primera exigencia, condición absoluta, del ejército español para colaborar en tan curiosa abolición de la dictadura, no era la marginación de los comunistas nacionales, sino la garantía y el amejoramiento del estatuto unitario del imperio español. La más leve desviación en el terreno del nacionalismo imperante encontraría la inmediata reacción de las fuerzas armadas y la simple sospecha o desconfianza de éstas sería el fin, cuando menos político, de los responsables o irresponsables implicados. Se confortaba también con ello el conjunto del régimen franquista pues, como en otros sistemas totalitarios, la opresión nacional era, y sigue siendo, el punto más débil del dispositivo de dominación.

El ejército del segundo franquismo abandonó mucho lastre en materia de fe y costumbres, represión sexual y moralismo clerical, para adoptar armas más modernas y efectivas de dominación. Pero su nacionalismo no ha hecho sino concentrarse y endurecerse al verse reducido a la custodia de los restos próximos del imperio colonial adquirido y conservado por la violencia y el terror y perdido por la destrucción sistemática de las fuerzas productivas, la resistencia de los pueblos y la emergencia de las nuevas potencias comerciales e industriales.

El Gobierno español y sus mentores hegemónicos habían comprendido que el modelo de “bipartidismo” que se trataba de implantar en España no era suficiente para contener la resistencia nacional en los territorios ocupados sin un suplemento tradicional, aborigen, moderado, razonable, corruptible y manipulable. La adhesión, la colaboración y el reconocimiento de la supuesta clase política vasca a la pretendida alianza democrática y sus instituciones oficiales se ultimaron con el ministro franquista del interior, gratamente sorprendido ante la amnistía y la legalización de símbolos como “exigencias” condicionantes del acuerdo de institucionalistas armados y desarmados. La burocracia más o menos exilada o internalizada pasó bajo el control directo de los agentes militares, civiles y eclesiásticos del nacional-catolicismo español.

El propio Gobierno vasco real, formal o de hecho, fue “discretamente” liquidado en el exilio por los mismos que habían jurado defenderlo. Tras la derrota del Eje, a los aliados vencedores no les servía ya para nada, nada pesaba ante los Estados español y francés, con o sin guerra fría. Era un molesto incordio para el reconocimiento, la homologación del franquismo y su “transición democrática”. De Gobierno pasó a gabinete fantasma, después a “reserva, garantía, símbolo, proveedor de servicios”, es decir todo menos Gobierno. Sus sucesivos avatares mostraban las dificultades de la superchería y el carácter inconfesable e impresentable de la operación. Todas las advertencias habían sido vanas, el autoritarismo burocrático no podía soportar sino sumisión y lisonjas, y no supo responder sino con descalificaciones, excomuniones, embustes, calumnias y difamaciones, delaciones, expulsiones y persecuciones a cuantos, (en Méjico, en Venezuela, en Argentina o en la misma Europa), trataban de revelar y publicar lo que estaba pasando y lo que iba a pasar después. Ni entonces ni ahora, medio siglo después, se han atrevido los negacionistas a dar cuenta de la naturaleza, alcance e implicaciones de la operación llevada a cabo, a reconocer públicamente la verdad de la política de entrega y derribo que siguieron desde entonces. La exclusión de toda forma de libre expresión e información, con la ayuda de la nueva “oposición” española, prefabricada y financiada por el régimen franquista y los servicios secretos occidentales, permitieron ocultar al pueblo los cambalaches en curso y prevenir todo intento de resistencia o de simple información de la opinión pública. Este objetivo prioritario determinó el más amplio e insólito frente internacional, del franquismo oficial a la Agencia y sus satélites y los institucionalistas armados y desarmados. Era la confesión involuntaria de la virtualidad decisiva de la cuestión. Era también una prueba más, para quien la necesitase, de que el nacionalismo español de todas tendencias, en plena posesión del monopolio de la violencia y apoyado por las potencias hegemónicas, no aceptaría nunca una autonomía real y federal, que afectase al monopolio total de la violencia e implicase redistribución, por limitada que fuese, del poder político absoluto del Estado español sobre el Pueblo vasco.

Lo que pudo presentarse como “un error táctico”, imputable a la incompetencia, el oportunismo y el burocratismo, por otra parte flagrantes, de una camarilla manipulada, en ausencia de todo control democrático, apareció rápidamente en todo su real contenido y todo su funesto alcance, y no ha cesado de dar sus envenenados frutos desde entonces.

La línea reduccionista, parte fundamental de la estrategia imperialista que ha llevado a tales resultados, era la línea de liquidación del Pueblo vasco como agente político real, con todos los efectos primarios y secundarios, mediatos e inmediatos que de ello lógica e inevitablemente se siguen. En lugar de potenciar una estructura institucional y una estrategia nacionales como realidad y expresión política, capaz de dar entidad popular y territorial propia al movimiento ascendente de la política de liberación frente al imperialismo, la “oposición periférica”, arrastrada por un cuarterón de burócratas y estrategas de pacotilla, iba a disolverse nuevamente en el magma de asociaciones de la España una e indivisible surgida de siglos de crímenes, guerras de conquista, ocupación y colonización.

El Pueblo vasco pasó así de la condición de agente político a la de objeto inerte de la política imperialista. La nación institucional y estratégicamente conformada cayó, nuevamente, al nivel de facción interna del régimen unitario. Había abandonado sus medios de lucha y las posiciones adquiridas, cedido gratuitamente sus cartas de negociación, renunciado a toda posibilidad de explotar la crisis política para convertir la transición intratotalitaria en progresión democrática, oficial y burocráticamente endosado el reconocimiento simple y cualificado del régimen establecido, asumido la participación en las maniobras y contorsiones sanatorio-novatorias de un régimen tan aquejado de disfunción política como convicto de ilegitimidad originaria y permanente.

Después de una solitaria y desastrosa guerra, ni preparada ni prevista, contra las potencias del Eje, que arruinó y diezmó sus fuerzas vivas sociales, políticas y culturales, seguida por una resistencia que no cesó nunca, el Pueblo vasco, se encontró así de vuelta al mismo régimen unitario de antes y condenado a repetir, con las mismas malas compañías y en condiciones mucho peores, los mismos errores que le habían llevado ya a la catástrofe.

El plan de estabilización del franquismo, en la situación semi-insurreccional de la “transición” en el País vasco, la autonomía-trampa, impuesta como medio de condicionamiento, fijación, contención, desgaste, reducción, manipulación, recuperación y corrupción de las fuerzas populares, venían a prevenir toda institucionalización democrática, permitían modular la represión, dosificar la reforma institucional, interponer amortiguadores y cojinetes, conservar el control de caña y carrete para enganchar, tantear, evaluar, dar o recobrar hilo según el vigor, la debilidad, los sobresaltos y las veleidades de resistencia, mientras la centralización y la concentración efectivas del poder político unitario garantizaban el desenlace fatal de una “confrontación institucional” de pesca y captura resuelta de antemano.

Para llegar a eso, no hacía falta que tantas víctimas, cuya sangre valía mucho más que la de sus dirigentes, asesinos y verdugos, se quedaran por los montes, en las tapias de las cárceles, los cementerios y las plazas de toros, ante los pelotones de fusilamiento y bajo los bombardeos terroristas contra la población civil, poblaran las prisiones, el exilio y los campos de trabajo y esclavitud, padecieran de todas las maneras la represión, la vesania, el sadismo, el odio y la venganza de las fuerzas y servicios de ocupación y de las clases sociales que las producen y utilizan, diezmando los escasos recursos humanos, materiales y culturales de un país demasiado pequeño para reponerlos frente a sus predadores históricos, incomparablemente mayores y mejor armados.

“Los aliados en los que tenemos derecho a confiar”, hasta que “descubren” que no son tan de fiar como decían, y “los partidos españoles del frente de izquierdas que están todos con nosotros”, pero asumen directa y ventajosamente la represión, benefician de la complicidad de moderados y radicales.

Toda estrategia política exige la determinación lúcida e inequívoca de las fuerzas en presencia. La supuesta resistencia democrática ha evacuado hasta el sentido de la distinción decisoria y decisiva “amigo-enemigo”, ha confundido, invertido o desconectado su sistema inmunitario, ha destruido sus defensas naturales o artificiales, bio-sociológicas y político- ideológicas. Los institucionalistas armados y desarmados son el sida del Pueblo vasco ante el imperialismo.

Sus cómplices locales pretenden ahora que sus “aliados” les han engañado, que no son de fiar, que el gobierno español falta al “espíritu del pacto” que con ellos contrajo, etc. Pero el “pacto” en cuestión no fue sino la sumisión a las condiciones de incorporación que la dictadura y las potencias occidentales imponían. Los franquistas tradicionales y nacional- socialistas no han engañado ni traicionado a nadie que no quiso que lo engañaran, eran lo que eran y son lo que siempre fueron. La antigua táctica de ”hacer como si” fueran lo que no son, con la esperanza de que acaben siéndolo, tuvo como resultado que, durante los años que siguieron, “participaron” atribuyéndose las masas, las manifestaciones y las organizaciones que eran incapaces de movilizar, al tiempo que desvirtuaban y recuperaban “desde dentro” todo su contenido ideológico y político y sacaban partido de alianzas y acuerdos. Es ridículo hacerse la ilusión de que los que niegan la existencia misma del Pueblo vasco son capaces de participar en su movimiento de liberación nacional con otro fin que el de explotarlo y arruinarlo. Pero sus cómplices locales siguen esperando su conversión, y suspirando por ella.

Buscan el más leve gesto propiciatorio, que bastaría para que acudan al reclamo sin condiciones y con lágrimas en los ojos, para recuperar la añorada, cordial, entrañable, abyecta condición que les es propia, dispuestos a volver a empezar, traicionando y persiguiendo para ello a todos y a todo lo que haga falta. Las habituales e insufribles lamentaciones de los políticos inocentes, honrados, puros e intachables, realistas y posibilistas, constantemente burlados por los malvados y arteros aliados que traicionaron su confianza, son un espectáculo demasiado lamentable y gastado para merecer consideración ni respeto.

Son los burócratas de la “oposición pactada y la negociación inevitable” los que no han sido nunca de fiar, son ellos los que han engañado y traicionado al Pueblo vasco, al que dicen representar, los que han disfrazado, acreditado, confortado, apoyado al partido franquista, tradicional o nacional-socialista. Y si se dejaron ellos mismos engañar, “todavía peor”. La primera cualidad y la primera obligación de un grupo o un individuo político es no dejarse engañar, o dejar de pretenderse político. Si, tras muchos siglos de aleccionadora experiencia, hay políticos profesionales que creen todavía en la buena fe, las promesas y la honradez de los políticos españoles, se han ganado lo que les pasa y lo que le pase al pueblo que dicen servir y representar. En cuestión de degeneración burocrática, lo que es cierto del despotismo en general, lo es en mayor grado del burocratismo de la clandestinidad y del exilio, por su propio alejamiento del poder real. En este sentido, el Estado franquista, que tenía que contar con su base oligárquica, no era menos sino más “democrático” que los partidos y los Gobiernos oficiales de la clandestinidad y el exilio, que no dependían de ninguna.

La implementación, la renovación y la integración institucional y estratégica de las fuerzas populares es siempre la tarea y la condición necesaria de una auténtica “clase” política democrática. Pero tal clase no existía entonces ni existe ahora. La burocracia liquidacionista se había creído que era la oposición y la base de la política nacional, y que el pueblo era una molesta masa de maniobra que, si se desmandaba, pondría en peligro su autoridad, y a la que había que mantener todo lo marginada que se pudiera mientras esperaban el momento de ilustrar y organizar a “las masas sin formación ni información del interior”, en las que veían una amenaza para la burocracia y un obstáculo a la “democracia”, es decir a la integración en el franquismo reformado que estaban preparando. Sus miembros tenían más miedo a la resistencia popular que al franquismo, con el que se descubrían y preparaban un futuro próximo de convivencia. No disimulaban la desconfianza y el desprecio que sentían contra todos los que no eran ellos. “Todo lo que viene del interior está contaminado por el franquismo. Los pobres no han oído otra cosa. No saben lo que es democracia.” Así, puesto que en este país nadie se enteraba de nada, podían sus procuradores sustituirlo y “cumplir el mandato” haciendo lo contrario de lo mandatado. En alguna medida, estas cosas pasan en todos los exilios, empezando por el español, pero lo de aquí era de asilo psiquiátrico. En realidad, la burocracia de la guerra y la postguerra, cultural y políticamente inepta, aislada, anquilosada, retardaba de forma flagrante sobre el inquieto, confuso y defectivo pero real movimiento espontáneo de la base popular bajo el terror franquista.

La liquidación estratégica e institucional de “la oposición moderada y no-violenta, la vía institucional, las elecciones, la persuasión y el diálogo” prepararon, además, la concepción, gestación y alumbramiento, desde el seno del institucionalismo oficial, de una organización especial dedicada a la ejecución de atentados. Tuvo tiempo y lugar en los mismos años que ocupan los pactos de Paris y de Munich. No había en ello casualidad o coincidencia ninguna, aunque los mismos protagonistas de “la lucha armada y la guerra revolucionaria” no se dieran cuenta. Los atentados, corolario del institucionalismo puro, eran consecuencia objetiva de la desesperada frustración generada por la contradicción entre el desarrollo de la resistencia popular y el proceso burocrático de liquidación estratégica, eran complemento, recurso, y medio idóneo para encubrir el vacío político y sus causas reales.

La libertad relativa y marginal de información, de crítica y de libre expresión que había persistido en la clandestinidad desapareció cuando institucionalistas armados y desarmados se unieron al imperialismo y el fascismo en el poder o su oposición nacional para acabar con ella. No se ha restaurado nunca después. Se cerró así el paso a toda crítica, revisión o adaptación que no viniera de la presión, la represión o la infiltración del régimen dominante. Los monopolios de información y expresión, la censura, el delito de opinión, la falsificación de la historia, el obscurantismo, la persecución y la imposición de las ideas, inherentes a la opresión totalitaria fascista y colonialista, no tienen por fin ni resultado el desarrollo ideológico y cultural, sino la degradación material y mental de los pueblos sometidos.



6

Toda relación y toda empresa de dominación en la sociedad humana se establecen mediante el ejercicio de diversos factores, demográficos, económicos, políticos e ideológicos, que se refuerzan o contrarrestan, se implican, suceden y complementan mutuamente. Los conflictos sociales se crean y resuelven según la relación general de fuerzas. La violencia es el medio natural, normal y universal de producción y solución de conflictos. Toda realidad política, como su especie jurídica, consiste en la realización social de la violencia, toda historia política en su evolución. Una y otra se insertan en la relación general de fuerzas y su expresión estratégica, dentro de la totalidad histórica y social que las concreta. En política, los hombres y los pueblos no se ordenan como buenos y malos, sino como fuertes o débiles, capaces o incapaces de la violencia actual y virtual que les asegura viabilidad y supervivencia.

La política es la determinación de la condición y el comportamiento de los sujetos por medio de la violencia. Toda política es violencia actual y virtual, aunque no toda violencia es política. No hay más política, ni más derecho, ni más normas que los constituidos por la violencia. La violencia actual o efectiva es fundamento de la violencia virtual o potencial. Sin violencia no hay Estado, ni derecho, ni derechos, los derechos fundamentales no existen.

El derecho, orden político, es la determinación de la condición y el comportamiento de los sujetos por medio del monopolio de la violencia. Todo derecho es política, aunque no toda política es derecho. La violencia es “el medio específico del Estado”. “Todo poder de Estado reposa sobre la fuerza de las armas.” La anarquía y la guerra son las alternativas al orden político. La violencia no interviene, tardíamente, para ejercer, establecer o restablecer el derecho amenazado o conculcado. La violencia precede y constituye el orden y el desorden políticos, el derecho, el Estado y la guerra. La norma política y su especie jurídica resultan de la violencia actual y virtual, que condicionan el comportamiento prudente del paciente social. “La intimidación es el más poderoso medio de acción política tanto en la esfera internacional como en el interior. La guerra, como la revolución, reposa sobre la intimidación. La organización social está fundada en su mayor parte sobre el miedo. La soberanía es el derecho exclusivo de dar miedo a los demás.” En la guerra y los regímenes de alta conflictividad del fascismo y el imperialismo, el miedo se hace terror o se transforma en pánico. Su dosificación, estratégica y tácticamente adaptada, es parte importante del arte político. A partir de un grado objetivo de intensidad de las luchas sociales, el terrorismo es la forma necesaria, natural y normal de gobierno y de desgobierno. Los conflictos relativos pueden, a veces, pasarse sin él, los conflictos absolutos presentan las condiciones ideales para su producción.

La ideología es la determinación del comportamiento por medio de las ideas. La ideología dominante es la ideología de los poderes dominantes que la producen, al servicio de sus propios intereses. Derecho e ideología son conservadores, su capacidad de reacción sobre la política y la relación general de fuerzas es muy reducida. Al margen de su fin propio y específico, el derecho es también un importante vector ideológico.

Al imperialismo y el fascismo sólo les interesan las ideas en cuanto herramientas de dominación y como objetivos a destruir. Su ideología no tiene por fin la verdad, la ciencia, el conocimiento, la información, sino su destrucción o manipulación al servicio de la dominación sobre los pueblos y la desaparición de los hombres libres. Lograr que sean cada vez más tontos, es decir cada vez más débiles, es su verdadera función. Basta con observar el resultado sobre una opinión pública indefensa para darse inmediata cuenta de la temible eficacia con que la realizan.

La propaganda fascista e imperialista es formalmente irracional, lo que ideológicamente no le causa perjuicio considerable, sino más bien todo lo contrario. “La exclusión de toda violencia como medio para conseguir fines políticos, la política por medios exclusivamente pacíficos y no violentos”, son engañabobos para encubrir y reforzar ideológicamente el monopolio de la violencia. La “democracia no-violenta”, como la política sin violencia, es una simple contradicción en los términos. La democracia es violencia, como toda politica.

Los idealistas hipócritas, pacifistas y no-violentos que, en el mundo de guerra y crímenes de masa en que vivimos, rechazan “toda violencia venga de donde venga” sin denunciar, en primer término y como base de toda consideración ideológica y política, la violencia, fascista e imperialista, ignoran, ocultan aprueban, apoyan, disfrazan, reconocen y bendicen la violencia monopolista constitutiva de la política y del Estado. Son Imbéciles o farsantes y, en cualquier caso, agentes del imperialismo y el fascismo.

La nación, como antes la horda, la tribu o la ciudad, es el ámbito máximo de relativa solidaridad, de moralidad y de legalidad que la humanidad ha alcanzado. Si ya en cuanto súbditos “todos los hombres son ingratos, cambiantes, disimulados, enemigos del peligro, ávidos de ganancias” y, generalmente, egoístas, peligrosos, agresivos, falsos, mentirosos, tramposos, traicioneros, ladrones y homicidas, qué no serán cuando tienen en sus manos la capacidad de destrucción de la política internacional. El sentimiento y el comportamiento altruistas que puede encontrarse en las relaciones naturales de familia y de proximidad, están raramente presentes en la sociedad civil y completamente ausentes de las relaciones internacionales. Las personas son a veces capaces de espontánea honradez, las naciones y los Estados, nunca. La moral internacional no existe sino como instrumento ideológico de la relación general de fuerzas.

“Todos los pueblos actúan continuamente los unos contra los otros, y tienden a agrandarse a costa de sus vecinos.” “¿Qué son los grandes imperios sino bandas de malhechores en grande?” La agresión, la guerra, la opresión, la destrucción por la violencia de los otros Estados y naciones son lo propio y la normalidad del estado de naturaleza. El estado de naturaleza en que viven naciones y Estados determina relaciones de violencia antagónica y conflicto permanente entre ellos, sin orden ni poder supranacional que las transcienda. La “comunidad internacional” no existe y no puede existir.

Buscar, atribuirse y utilizar la mayor capacidad posible de violencia actual y virtual a su alcance, disminuyendo o anulando la de los demás, tal es la norma fundamental de la política internacional, la única que sus actores conocen y practican. No es la paz, sino la guerra actual o virtual, la clave permanente del orden y el desorden establecidos, la razón suprema y la única garantía de la política y del derecho entre los Estados, que se encuentran siempre en posición o en disposición de “guerra de todos contra todos”. Belicismo y militarismo son la actitud espontánea de los Estados y pueblos dominantes. Ofensiva y defensiva son estratégica y genéticamente inseparables e interactivas, hasta confundirse en la guerra “preventiva”. El temor mutuo y la estrategia del terror impulsan, exasperan y constituyen los conflictos internacionales. El miedo es el más irreductible principio activo del imperialismo.

La guerra “se acompaña de restricciones ínfimas, a penas dignas de ser mencionadas, que se impone bajo el nombre de derecho de gentes, pero que, de hecho, no debilitan sus fuerza.” El derecho internacional, parte y producto de la política internacional, es el orden de violencia que la oposición de fuerzas políticas determina entre las naciones y los Estados, la dominación institucional de los más fuertes sobre los más débiles.

El nuevo orden o desorden internacional ha creado las condiciones para que la violencia pura y a ultranza aparezca como la única salida digna de consideración para toda potencia que se estime en condiciones para ejercerla. Milenios de civilización han llevado a todos a la primitiva y recurrente conclusión de que la única forma de solucionar los conflictos consiste en pegar fuerte y cuanto antes por su propia cuenta, y que dilaciones, transacciones y mediaciones solo llevan a perder el tiempo y a hacer el juego del adversario.

“Nos guste o no, así son las cosas.” Y así seguirán siendo en todo porvenir posible y previsible. La especie humana, la más nociva, agresiva y conflictiva que la evolución ha producido sobre la Tierra es, además, demasiado estúpida para escapar a las consecuencias estructurales de la sociedad que ha creado. En un mundo ya económica y políticamente cerrado y globalizado, la autodestrucción de la humanidad es perspectiva mucho más razonable que su conciliación.



7

En la realidad de las relaciones internacionales y del derecho internacional, la libertad y la voluntad de los pueblos no cuentan para nada sino por cuanto constituyen la fuerza con que se realizan. “Para los fuertes, el poder es la única regla, como para los débiles la sumisión.” Solamente tienen derechos los pueblos capaces de imponerse a los demás o defenderse contra ellos, por sí mismos o con la asistencia, la protección o el protectorado alienígenas. Sólo son “plenamente” independientes las grandes naciones imperiales o hegemónicas, los Estados capaces de asegurar su existencia internacional por sí mismos, con sus propias fuerzas armadas y, en la era termonuclear, con la disposición operacional del arma atómica. “Sólo es auténticamente soberano, sólo es auténticamente Estado, el Estado poderoso”, calificado por “el número, el territorio, los recursos”.

Los que no disponen de los medios necesarios para resistir al imperialismo y al colonialismo no tienen derecho a nada, no existen sino como objeto de violencia, de política y de derecho. En derecho internacional, no hay más delincuentes y criminales, individuales o “colectivos”, que los perdedores, los desgraciados, los pobres y los indefensos. Son delincuentes y criminales porque son y mientras son débiles, los fuertes escapan a toda censura porque son y mientras son fuertes. “El bien, la justicia, la verdad” etc, no tienen arte ni parte en esta función, aunque la propaganda dominante trate de hacer creer lo contrario. Los individuos, los pueblos y los Estados débiles e incapaces de vida histórica no son indeseables, delincuentes o criminales de derecho político e internacional, bandidos, ladrones y asesinos, despreciable carne de cañón, de horca, de presidio y de genocidio porque asesinan, roban, oprimen, destruyen, deportan, excluyen, torturan, violan o exterminan a sus víctimas, sino porque no lo hacen en el grado suficiente para ser considerados como honorables sujetos de política y derecho como sus agresores. Los Estados fuertes, poderosos, dominadores e imperiales, vencedores e incluso vencidos, obtienen el respeto y el reconocimiento de todos, no a pesar de sus crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad, sino en consideración a ellos.

En las relaciones internacionales, todo se impone, se roba, se negocia, se vende y se compra, la consideración como las licencias de caza y pesca. El reconocimiento de los pueblos, los Estados y los Gobiernos se otorga a quien tiene, se supone que tiene o se pretende que tenga el poder, de inmediato o a corto plazo. (En política internacional, el “reconocimiento constitutivo” precede a la esencia y la existencia.)

“Sin hablar de un equilibrio sistemáticamente regulado entre las potencias y los intereses, que no existe y que se niega con frecuencia justificadamente, la suma total de las relaciones de todos los Estados entre ellos sirve más bien a mantener el status quo del conjunto que a introducir cambios en él, es decir que en general la tendencia es a mantener el status quo. Este equilibrio se establecerá siempre en todas partes donde varios Estados civilizados tienen numerosos puntos de contactos.” En los dos últimos siglos, los “puntos de contactos entre los Estados civilizados” se han extendido al mundo entero por el imperialismo, la colonización y la globalización. “Las grandes potencias conducen actualmente una guerra imperialista a fin de reforzar la opresión de los otros pueblos, y oprimen a la mayoría de las naciones de la tierra y la mayor parte de la población del globo”. Los grandes movimientos de relativa decolonización de la postguerra no les impiden, en el presente como en el pasado, manifestar los instintos predadores y, a la menor ocasión, el militarismo, los impulsos a la guerra y la dominación que hicieron sus imperios.

El imperialismo es la especie extrema, más agresiva y opresiva de violencia, de guerra y dominación, de totalitarismo, de pillaje y explotación, de nacionalismo, de racismo, de opresión lingüística y cultural. La política y el derecho internacionales implican y suponen la persistencia del imperialismo, sin el cual no habría política internacional, ni derechos correlativos de autodeterminación de los pueblos y de independencia de los Estados. El imperialismo es antagónico de la libertad, los derechos humanos y la democracia en general. La destrucción de los demás es su objetivo inmanente y consecuente. El “interés nacional” tiene versiones y motivaciones propias, que la razón desconoce.

Todo régimen imperialista o colonialista se funda y reposa sobre la violencia y el terror, sobre fuerzas armadas permanentes de guerra y dominación. No se somete, oprime, reprime y destruye los pueblos mediante la gratificación, la persuasión, el diálogo y el respeto de los derechos humanos, las normas humanitarias, los buenos sentimientos, la piedad y la compasión, sino mediante la negación teórica y práctica de la libertad, por la agresión y la guerra, la violencia, la conquista, la desmembración y la anexión, la ocupación, la colonización y la deportación, la represión, el terrorismo sistemático de masas, el bombardeo y la destrucción de poblaciones civiles, la tortura y el asesinato, la conculcación de todos los derechos humanos fundamentales y, en primer lugar, del derecho fundamental e inherente de autodeterminación de todos los pueblos, primero de los derechos humanos y condición previa de todos los demás.

El nacionalismo imperialista tiende naturalmente al nacionalismo y al imperialismo absolutos, al monopolio, la dominación y la eliminación de toda alteridad nacional. El imperialismo absoluto se define por lo ilimitado de los fines. No tiene por objetivo la simple subyugación temporal o permanente, la dominación cultural o económica, el espolio o la explotación del pueblo agredido y ocupado, sino su destrucción nacional, racial, lingüística y cultural como pueblo, su liquidación y sustitución por el invasor mediante la solución final y el genocidio. No rechaza, persigue o trata de reformar algunos caracteres de la nación ocupada, la niega y trata de acabar definitivamente con ella.

La violencia, el terrorismo, de guerra y de Estado, alcanzan naturalmente su plenitud al servicio del imperialismo absoluto. El imperialismo total se define por lo ilimitado de los medios. Utiliza sin limitación todos los disponibles para someter y destruir a los pueblos. La resistencia, de hecho o de palabra, afronta la violencia y el Terror monopolistas de Estado, que mata, encarcela, tortura, roba, excluye, persigue y amordaza a quienes se atreven a resistir a sus dictados. “Todos los conquistadores, fuesen mongoles o españoles, han llevado la muerte y el pillaje” a los pueblos subyugados.

Mientras el imperialismo y el colonialismo aparecen como beneficiarios y triunfadores, encuentran el apoyo de toda la nación dominante. Las raras excepciones son individuales. Los pueblos secundan o promueven siempre la gloriosa, heroica, provechosa empresa imperialista y colonial de sus Gobiernos, mientras esperan obtener de ella beneficios reales o imaginarios. Solidaridad, resolución y unión sagrada del nacionalismo imperialista solamente se debilitan ante el coste creciente o exorbitante del conflicto con la resistencia. Sólo cuando la política imperialista y colonial pasa factura en vidas y haciendas, cuando el interés nacional aparece cada vez más comprometido, cuando la “pacificación” resulta cada vez más cara, cuando la vaca lechera colonial no cubre los costes de ordeñarla, aparecen algunas muestras de descontento.

Al margen de toda consideración democrática, humanista, altruista o internacionalista, fuera de lugar a la vista del ganado humano con que se practica, en función simplemente de la más egoísta, estrecha y utilitaria visión del “interés nacional” en la presente realidad política, social, económica y cultural, podría pensarse que sería más útil, barato, productivo, rentable, estimulante, gratificante e interesante para el nacionalismo dominante dedicar recursos y esfuerzos a su propio desarrollo, inseparable de la coexistencia y la democratización real interna y externa, que amargarse, si no arruinarse, la existencia negando y destruyendo la del prójimo. El abandono de sus conquistas, resto de su pasado de gran potencia, sería para españoles y franceses factor inédito y decisivo de libertad, dignidad, democracia, relaciones interiores y exteriores estables y pacíficas, bienestar y progreso económico y cultural, reconciliación y reintegración de su propia identidad en una auténtica conciencia nacional e histórica. Pero si los carnívoros en general no son sensibles a consideraciones teóricas de dietética transcendental, los animales humanos todavía lo son menos, pues la cultura no atenúa sino refuerza el canibalismo intraspecífico. El imperialismo es la forma más civilizada y desarrollada de antropofagia que han sabido inventar.

Los imperios de Inglaterra y Holanda obedecían en parte a un sentido utilitario o práctico del interés nacional y de la dominación internacional. Su abandono a tiempo a benefiado a todos. Pero si suecos o anglosajones pueden, por prudencia, sentido o cálculo políticos, abandonar territorios y pueblos que obtuvieron y sometieron por la violencia, pero que superan su capacidad de gestión, ingestión y digestión, franceses y españoles son radicalmente incapaces de ello, mientras no han agotado hasta el último extremo los recursos de violencia y terrorismo de que disponen. Esperar otra cosa sería tanto como ignorar la base particularmente primitiva, irracional, instintiva, afectiva y pasional del nacionalismo español y francés, encuadrado por una inamovible “clase” política burocrático-castrense que resiste siempre y saca partido a “revoluciones y transiciones”. Antes de que ésto cambie, los cocodrilos se habrán hecho vegetarianos.

En Inglaterra, Alemania, la URSS o Yugoslavia, el progreso de la libertad y la democracia internas era consecuencia de la decolonización en Europa, Africa o Asia. El despotismo en España y en Francia es históricamente inseparable del nacionalismo imperialista. El envenenamiento de la propia política interna por el nacionalismo imperialista se manifiesta en todas las épocas hasta el putrefacto presente que padecemos.

El insaciable apetito de dominación sobre pueblos y tierras del nacionalismo español y francés obedece a instintos y pulsiones predadoras consolidados y potenciados por muchos siglos de despotismo interno y externo y desborda consideraciones utilitarias o racionales. La historia resultante, de que tan orgullosos se sienten, es la historia de las mayores empresas y organizaciones criminales de fanáticos, malhechores, ladrones y asesinos de toda la historia de la humanidad.

El nacionalismo imperialista es efecto del régimen interno del país dominante. Es también causa concomitante de su propio subdesarrollo político: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Es el precio a pagar por “la gloria y la grandeza” de los “imperios universales”, por residuales que sean.

En sus malganados dominios continentales y ultramarinos, con el apoyo de “liberales, socialistas y comunistas” nacionales, se templaron los sables de los ejércitos que ahora gobiernan la metrópoli. En Indochina, Argelia, Marruecos, Cuba, Nabarra y Catalunya se forjaron sus propias cadenas de despotismo interno. Su incapacidad para aceptar la libertad y el derecho de de todos los pueblos, sus incesantes guerras de conquista, depredación y exterminio los han condenado a ellos mismos, aparentemente con gusto, a también incesantes formas despóticas, asiáticas, absolutistas burocrático-militares de autogobierno. La competición imperialista entre España y Francia por la anexión de Nabarra, se convirtió en solidaridad frente a la resistencia. Españoles y franceses se detestan y se desprecian cordialmente entre ellos, pero el problema vasco les obliga a hipócritas declaraciones y retrosculares homenajes de mutua admiración y amistad eterna.

Las “instituciones internacionales” sirven sin reserva a la guerra, la dominación, el genocidio, la represión, el terrorismo y la propaganda, la intoxicación y la mentira, oficialmente proclamadas como legítimo instrumento en las relaciones internacionales. Las Naciones unidas, sus asambleas, consejos, tribunales y otros órganos políticos y ejecutivos, administrativos, judiciales y consultivos falsifican e infringen su propia proclamada legalidad formal, ponen sus recursos y sus funcionarios al servicio de los Estados dominantes, que les dictan la conducta a seguir y la propaganda a difundir. Sólo aceptan la independencia de los pueblos cuando éstos la han conseguido ya, generalmente contra ellas. Como los mismos Estados-miembros que las fundan, reconocen entonces apresuradamente a los que la víspera condenaban ideológica y políticamente, y condenan de un día para otro a los que antes reconocían, halagaban y apoyaban. No pueden ni quieren ver ni menos perseguir los crímenes contra los derechos humanos fundamentales, que encubren y justifican. Las grandes potencias y sus agentes no son y no pueden ser obligados ni encausados, gozan de un estatuto internacional que les asegura impunidad por sus actos.

Los Estados que, por sus Tratados de adhesión, habían reconocido las normas, las Resoluciones, las Convenciones y los Protocolos de la Ley internacional como “parte integrante de la Ley del País”, no las han aplicado nunca. Los grandes Estados cuentan con la aprobación y la cooperación, la impotencia o la resignación, el oportunismo, el arribismo y la corrupción de los Estados menores, satélites y protegidos. Las Ong tienen por primera preocupación no indisponer a los poderes de hecho, de cuya buena acogida dependen para estar y existir.

La Unión Imperialista Europea, reserva colonial de Occidente, ha podido así consolidar entre el Rhin y el Ebro lo que no acertó a conservar y bloquear en la débâcle del Este. (Con ocasión de la crisis yugoslava, en la Europa de la “dimensión humana” ejemplo y modelo de democracia para todo el mundo, la CEE nombró su Comisión de arbitraje a cargo y al servicio de los Estados-miembros de la Europa occidental con problemas nacionales. La designación del presidente del Consejo constitucional francés, confirmaba de por sí la política de la Comunidad sobre la cuestión nacional. La Comisión de arbitraje no arbitró nada, pero aprovechó la ocasión para negar expresamente el derecho de autodeterminación de todos los pueblos como derecho fundamental. No podía ser de otro modo: la “consulta” sólo se había hecho para dar pie a la respuesta previamente fijada.) El Pueblo vasco condiciona indirectamente la política de las Organizaciones internacionales en cualquier lugar de Europa donde se da un conflicto entre los pueblos y los Estados imperiales.

Los intereses del fascismo y del imperialismo en el mundo actual les impiden presentarse tales como son. La ideología democrática universalmente pregonada desde la segunda guerra mundial obliga a todo régimen totalitario a cubrirse y justificarse con ella. El mundo actual se ordena o se desordena por la violencia y el terror en los Estados y entre los Estados, pero no es ésto lo que la moderna propaganda fascista hace creer, o pretende hacer creer. El miedo a la violencia y la demanda de seguridad de las masas populares, escaldadas por las guerras y las revoluciones del siglo XX, determinan la propaganda de paz y no-violencia de los propios Estados armados hasta los dientes y protagonistas de las mayores hecatombes de la historia. Todo gobierno fascista e imperialista se proclama ahora democrático y no-violento a la vez. “Cuanto más reaccionaria es la política de los Estados imperialistas, más se camufla cuidadosamente tras de frases pomposas sobre la libertad, la democracia, el mundo libre” etc. Esta desvergonzada inversión total de los términos políticos es un aspecto característico de la ideología del fascismo y el imperialismo actuales.

La hipocresía y/o el cinismo son inseparables de la propia constitución del orden y el desorden internacionales, determinados por el “interés nacional” estrechamente considerado. Las justificaciones ideológicas, los disfraces ideológicos, los artificios semánticos se fabrican antes o después y se renuevan según los tiempos, con mayor o menor fortuna. En las modernas empresas de conquista, ocupación y colonización, no hay ya guerras “técnicamente hablando, sino operaciones de pacificación, protección de la paz, defensa de los derechos humanos, la libertad y la democracia, defensa de la población civil, interposición entre combatientes, sin armas o con un armamento exclusivamente defensivo y extremadamente ligero” etc. Puesto que el oficio del ejército es la paz, las funciones militares propiamente dichas se sustituyen por desinteresados servicios logísticos, higiénicos, médicos, pedagógicos, de reconstrucción, saneamiento y asistencia humanitaria, que han sustituido en la ideología dominante a la pesada “carga del hombre blanco”, la misión civilizadora, la propagación de la fe y el progreso, la protección de los adelantados misioneros y pioneros. Pero ¿quién purga y sanea las cloacas coloniales?

Los Estados occidentales que ahora conducen las guerras “para liberar a los pueblos de la dictadura y el despotismo en general” etc, son las mismas potencias que impusieron o rehabilitaron, consolidaron, adaptaron, adoptaron y financiaron sin el menor escrúpulo el régimen del general Franco y sus sucesores y en los últimos setenta años abrasaron bajo las bombas incendiarias y nucleares o mataron de hambre a las poblaciones civiles en mayor proporción que la de sus víctimas militares.



8

El imperialismo español y francés es aquí un imperialismo absoluto. Como han hecho siempre que han podido, los nacionalistas de España y Francia persiguen la liquidación de los Estados y los pueblos oprimidos como solución final. El que todavía no se ha enterado de eso no sabe en qué mundo vive ni con quién se juega los cuartos. Ignorarlo es la normalidad de los pueblos débiles, incapaces de conocer y afrontar la realidad de la opresión imperialista y colonialista.

Según la versión tradicional, oficial y constantemente reiterada por la Constitución, las leyes, la administración, la jurisprudencia, la doctrina y la propaganda monopolistas del imperialismo franco-español, el Pueblo vasco no existe, y lo que no existe no tiene derechos. La ideología imperialista niega ya en idea la misma existencia del Pueblo vasco para mejor destruirlo en la práctica. En lugar de naciones y pueblos el imperialismo establece demarcaciones territoriales administrativamente establecidas, los pueblos subyugados son inviables abortos, desechos sociológicos e históricos sin vigor vital, residuos étnicos o folklóricos inviables, poblaciones informes desprovistas de dignidad y de memoria histórica, incapaces de acceder a la vida social, política o jurídica, simples fragmentos pasivos e inertes de España y Francia, sin más leyes ni más derechos que los que les otorgan los pueblos y los Estados que detentan el poder político, arquetipos de perpetuo perdedor con el cual están de más consideraciones y contemplaciones. “La tolerancia y el respeto a las regiones y comunidades naturales” sustituyen a los derechos de independencia nacional, autodeterminación y legítima defensa de todos los pueblos, etc. Son aquí exclusivos del pueblo español y el pueblo francés, que son los únicos que hay.

Según el dogma que establecieron las Constituciones de la República francesa, no hay en su territorio otro pueblo que el francés. Lo confirmó todavía el Consejo constitucional, bajo presidencia nacional-socialista, para desvirtuar una equívoca o extravagante iniciativa de la propia presidencia de la República. El “derecho de autodeterminación de los pueblos y el principio de nacionalidades en versión francesa son su más radical recuperación constructivista, al servicio del nacionalismo imperialista. “La soberanía reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.” Toda política que afirme la independencia de los Estados y el derecho de autodeterminación de los pueblos ocupados, colonizados y anexionados, incurre en los delitos y crímenes establecidos, perseguidos y penados como “encaminados a destruir o menoscabar la integridad de España o la independencia de todo o parte de su territorio bajo una sola representación de su personalidad como tal nación. Todo separatismo es un crimen”.

Las circunstancias de la transición intratotalitaria llevaron al segundo franquismo a concesiones marginales que recuperó rápidamente pasado el peligro inmediato. La Constitución española, “que diseña el Estado Unitario de las Comunidades Autónomas” cita “los pueblos de España por su patrimonio, histórico, cultural y artístico”, con exclusión de toda soberanía. Los términos “el Pueblo vasco o Euskal-Herria” se recogieron formalmente “de acuerdo con la Constitución y con el presente Estatuto que es su norma institucional básica”, con exclusión de toda significación política, como la palabra nación se ha recogido en el último Estatuto español para Catalunya. El término nacionalidades como “distinto” del de naciones, se inventó y Constitucionalizó con el mismo fin, negar la realidad política y los derechos de los pueblos, una vez que “se procedió a la emasculación de aquellas, convertidas en castrones culturales”.

El segundo franquismo ha revisado luego tan exorbitantes concesiones. El “gobierno autónomo” de la Cav, en manos del partido nacionalista español, ha infringido incesantemente, desde su misma toma de posesión, la Constitución y el Estatuto que formalmente lo constituyen, excluyendo “ilegalmente” el término y el concepto de Pueblo vasco y negando expresamente que tal pueblo exista, sin que ninguna oposición o recurso se haya manifestado en todos los territorios sujetos a la Constitución y el Estatuto. Por el contrario, cuenta para ello con la anuencia y la asistencia, la mirada bovina, alelada y servil, la pasividad, el refrendo de los comparsas y servicios auxiliares indígenas de colaboración, complicidad y traición, que presencian impávidos, sobre fondo de morriones, cómo sus entrañables aliados de siempre liquidan sin contemplaciones el reconocimiento institucional de cuya “obtención” tanto presumieron.

Si los derechos de independencia y legítima defensa de los Estados y de los pueblos sólo pertenecen aquí a los pueblos y los Estados español y francés, que son los únicos que hay, entonces no hay aquí más pueblo, más nación, más Estado y más derechos que los de Francia y España. El negacionismo ha sido repetidamente avalado por los institucionalistas armados y desarmados, que reducen el “pueblo vasco” a una adscripción administrativo-territorial sin identidad nacional, “son vascos los que viven y trabajan aquí”. Un “nacionalismo vasco” que mantiene tales principios y prácticas es nacionalismo español y francés puro y duro, por mucho que se juegue con las palabras para falsificar y confundir las ideas.

El “gobierno autónomo” de la Cav no es un logro político del institucionalismo armado y desarmado, es la adaptación programada por el Estado español para evitar el desborde del régimen político unitario por la presión democrática del Pueblo vasco. Las instituciones y servicios auxiliares de la autonomía-trampa, son parte activa de la administración colonial del Estado ocupante al que pertenecen, proporcionándole los cuerpos indígenas de proximidad que necesita. Totalmente desprovistos de poder político propio, estos órganos administrativos locales, llamados pomposamente “gobiernos” por los gobiernos de verdad que los han creado, sirven la violencia, el terrorismo y la corrupción constitutivos del régimen colonial.

El imperialismo español y francés es aquí un imperialismo total. Ha adquirido y conservado el poder negando, destruyendo y sustituyendo previamente para ello las instituciones propias de los pueblos y Estados ocupados y colonizados mediante la violencia, la guerra, el terrorismo, el monopolio de la violencia, que preceden y constituyen el régimen político impuesto.

Los que no se someten afrontan la violencia y el Terror monopolistas del Estado, que encarcela, tortura, roba, excluye, amenaza, persigue, amordaza a quienes se atreven a resistir a sus dictados. Los más peligrosos se pasan por las armas, que para eso están y matan efectivamente de forma inmediata y sistemática al primer oponente o al primer paseante que se salte un “control” de carretera. El monopolio absoluto de las armas defensivas y ofensivas, individuales y colectivas, por el poder político, hace institucionalmente inexistente el derecho fundamental e inherente de legítima defensa.

El monopolio de la violencia es, a falta de una oposición de nivel efectivamente estratégico, un logro y un supuesto político de la estructura de dominación del Estado imperialista unitario, fundamento del poder político real. El imperialismo y el fascismo no tienen motivo mayor de preocupación política mientras conserven lo esencial: el monopolio de la violencia y el terror, que les permite resolver cualquier situación a cañonazos, lo que nunca se han privado de hacer.

La violencia y el terror de masas imponen la ley de mármol del dispositivo estratégico y táctico, que fija los límites infranqueables de eventuales reformas y adaptaciones que el imperialismo puede acometer u otorgar. Nunca procederá a una “devolución” total ni parcial del poder político que consiguió monopolizar por la guerra, la represión y el terror entre 1839 y 1937. Sólo los cómplices y colaboradores locales del imperialismo pueden ignorarlo y abrigar ilusiones al respecto.

Obligatorio, voluntario, profesional o mercenario, un ejército colonial es lo que es. No cabe la menor duda sobre su continuada buena disposición para bombardear de nuevo Gernika a la primera ocasión que se le presente, ahogando en sangre toda tentativa insurreccional, con la bendición y el comprensivo apoyo de la “comunidad internacional”.

La represión de los movimientos de liberación nacional por el nacionalismo español y francés ha sido siempre un modelo inigualado para Europa, máximo exponente de la violencia y el terror a ultranza como solución de todos los problemas. Lo ilustraron, entre tantos otros, el coronel Villalba y el general Mola, Delancre y Mendiri, el duque de Alba y el Tribunal de la sangre, la Inquisición, el general Weyler, el nacional-liberalismo y el nacional-socialismo coloniales, el coronel Aymar y la Audiencia Nacional. Es el contenido real de lo que la ideología imperialista llama paz y justicia.

El imperialismo se desarrolla según ciclos políticos e ideológicos que corresponden a la permanencia y a la evolución de la relación de fuerzas. La agresión, la guerra, la ocupación militar, la revolución, el terrorismo, la violencia monopolista institucional y sus efectos inmediatos modifican brutalmente el orden político, estableciendo el régimen totalitario de dominación-indefensión que el nacionalismo imperialista necesita. A las fases de ruptura y ofensiva, de guerra y terrorismo sin ley, eliminada toda oposición política efectiva siguen, a través de los tiempos y al abrigo del monopolio de la violencia y el terrorismo de Estado, fases “de derecho, ordenadas y pacíficas” mediante formas cada vez más adaptadas y resistentes de estabilización, consolidación y desarrollo de los resultados adquiridos por el poder absoluto. Se potencian así represión terrorista, destrucción racista, lingüística y cultural de la base social del pueblo sojuzgado, economía de explotación y dominación, corrupción y recuperación de la oposición.

Como el predador, asegurada su presa, espera que ésta se agote en esfuerzos vanos antes de sucumbir, el imperialismo en el poder espera a veces la destrucción del adversario en un tiempo que juega a favor del agresor. El imperialismo y el fascismo, que detentan el poder absoluto, esperan que una resistencia política sin resultados se agote y se apague por sí misma.

Cuando la resistencia del pueblo subyugado se prolonga más de lo esperado y la simple represión fracasa en alguna medida, se acompaña con operaciones de apaciguamiento y seducción. Si el pueblo tiene fuerza para ello, ni la pura represión, ni las “concesiones” ni la combinación de una y otras resultan en la desaparición de los movimientos nacionales, cuya determinación puede incluso fortalecerse con ello. Lo que explica el fatal dilema, las dudas, vacilaciones y disensiones del ocupante, cuya ideología nacionalista le hace subestimar la voluntad y la capacidad de los pueblos reputados inferiores que ha subyugado.

Cuando los hechos y la resistencia nacional a la opresión desmienten la visión primitiva y optimista dominante, la indignación y el furor de sus promotores no tienen límites. El imperialismo descubre, cada vez con mayor claridad, que la resistencia política de la nación ocupada no es cuestión de moda, coyuntura o corriente de superficie, sino expresión inseparable de la existencia misma de una nación agredida, ocupada y colonizada. Los pueblos tienen la piel más dura de lo que creen o esperan sus agresores o conquistadores, la apisonadora colonial no es tan rápidamente eficaz como se suponía o se quisiera, las cosas llevan tiempo y, a veces, una brusca o progresiva constatación de insuficiencia, un brote espontáneo o reflejo de inseguridad o impaciencia, abren un nuevo ciclo de decepción, exasperación, odio y furor xenófobos, que desembocan en la nueva ofensiva llamada a acelerar o precipitar la solución final. Estrategas e ideólogos pierden sus ilusiones, se sorprenden y escandalizan de una realidad que no corresponde a sus prejuicios y presupuestos, de las contradicciones, disfunciones e imprevisiones, del aparato represivo, de las muestras de “desafección” y las manifestaciones de resistencia que la opresión y la represión han originado. Adoptan la máscara y las actitudes de víctimas inocentes y pacíficas injustamente tratadas por sus sanguinarios adversarios. El desprecio integral, que se acompañaba con benevolentes sentimientos de piedad, compasión y altruismo hacia las razas y clases inferiores, cuya sumisión y abyección recompensan, se sustituye entonces por la xenofobia en su forma pura, pasión y paradójica forma combativa de reconocimiento del otro. Al ocasional balance voluntarista y triunfalista sucede la sorprendida y exasperada frustración que la constatación de insuficiencia provoca, relanzando el ciclo al alza, en la busca, cada vez más exigente y urgente, de la solución final. La decisión de terminar con la máxima urgencia y de una vez por todas con la resistencia democrática se identifica, sin demora ni prelación, con la liquidación del pueblo mismo, la hidra origen de todos los males y de todas las cabezas cortadas y por cortar.

Nada cambian para el caso la variación y la sucesión de etapas y fases diferentes, la aceleración o deceleración funcionales del proceso, sus inflexiones brutales y sus períodos de consolidación y explotación de las ventajas adquiridas. El orden y el desorden imperial o hegemónico del siglo XXI no son los del equilibrio bipolar y el terror nuclear del XX. Aun en áreas reducidas, el marco “institucional” no es el mismo ahora que bajo el Estado “liberal”. El mundo actual no es el de 1834 y las guerras carlistas, ni el de 1936 y la crisis bélica ascendente, ni siquiera el de 1975 y la crisis institucional del franquismo. Los atentados del siglo XXI no tienen la misma significación y el mismo tratamiento que los del XIX. El totalitarismo integrado e integral de los sucesores y continuadores hipócritas del general Franco no es el mismo arqueo-totalitarismo castrense, residual y mal considerado, de su fundador, cómplice y criatura del Eje.

Pero, ahora como antes, el poder alienígena sólo espera en la explotación de su monopolio de la violencia para destruir totalmente la democracia, la libertad, los derechos fundamentales e inherentes del hombre, el derecho de autodeterminación de los pueblos, primero de los derechos humanos y previa condición de todos los demás.

No son la ocupación y la anexión los que consolidan los imperios y hacen irreversibles sus efectos. Si quiere perpetuar su dominación, evitando la emancipación a plazo de los pueblos y Estados subyugados, el Estado dominante debe aprovechar la ventaja efectiva pero limitada que le da su dominación militar y administrativa para cambiar la base social del país ocupado. Sólo hay un modo de terminar con la resistencia política de los pueblos, y sus predadores lo saben: acabar cuanto antes con los pueblos mismos por todos los medios que las condiciones y circunstancias permitan. El exterminio, la deportación, la colonización, y la asimilación, conjunta o sucesivamente aplicados, son los más directos, rápidos, completos y seguros para ello. Su selección estratégica depende de los factores de dominación, geografía, demografía, economía, política, cultura e ideología, del momento, la situación y el contexto internacional.

El objetivo, los medios, la estrategia histórica son los mismos, no han cambiado nunca y encuentran la adhesión de la casi totalidad de las fuerzas materiales y espirituales de los Estados ocupantes. Los servicios monopolistas de propaganda, información, desinformación, intoxicación y guerra psicológica, cuya eficacia se encuentra multiplicada por los modernos vehículos mediáticos, mantienen diariamente al rojo vivo el nacionalismo, la xenofobia y el odio de las masas contra los pueblos oprimidos. El fascismo es hoy la forma terminal, acabada, necesaria e inevitable del nacionalismo imperialista, porque la empresa sistemática de subyugación y liquidación de Estados, pueblos y naciones, que se pretende absoluta, total y final, no puede ya proseguir sin el recurso a las formas totalitarias más perfeccionadas de represión y condicionamiento ideológico de masas. La victoria definitiva del nacionalismo imperialista implica, a veces en tiempo muy breve, la destrucción irreversible e irreparable de Estados y civilizaciones, naciones y razas, culturas y lenguas plurimilenarias.



9

Los derechos humanos fundamentales son inherentes, originarios, inmediatos, incondicionales, continuados, permanentes, intransmisibles, inalienables, irrenunciables e imprescriptibles, condicionan, presiden y subordinan la problemática toda de la violencia, de la paz y de la política en general. Constitutivos de la libertad y la democracia, no se votan, ni se deciden, ni se piden, ni se conceden, ni se otorgan, ni se condicionan, no son materia de opción, no se remiten a mayorías o minorías, solamente se ejercen o se conculcan. No son accesorios que se toma o se deja o se falsea según el momento o la ocasión, por interés, venalidad, incompetencia, desenvoltura o simple oportunismo. Las infracciones contra los derechos fundamentales son crímenes internacionales intemporales e imprescriptibles de guerra, contra la paz y la seguridad y contra la humanidad La democracia no funda los derechos humanos, los derechos humanos fundan la democracia. La democracia es el poder político del pueblo, y no hay poder del pueblo sin derechos humanos fundamentales. El derecho de autodeterminación es un derecho humano fundamental inherente a todos los pueblos. En cuanto tales, la libertad nacional y el derecho de autodeterminación son siempre democráticos.

Una invariable experiencia histórica demuestra que por donde el imperialismo pasa, los derechos humanos en general son hierbas que dejan de crecer y de existir. No hay derechos humanos en general donde falta en especial el derecho de autodeterminación de todos los pueblos, primero de los derechos humanos y previa condición de todos los demás. (No es ésta una jerarquía metafísica de “valores”, al uso de la propaganda monopolista, sino una prelación de orden objetivo, práctico, estratégico y político.) Un derecho de autodeterminación condicionado o diferido es una contradicción en los términos. El derecho de autodeterminación es el derecho fundamental de libertad o liberación inmediata frente al imperialismo, tiene por contenido la independencia política y nacional, sin condiciones ni dilaciones, “independientemente de la época en que la incorporación se realizó, independientemente también del grado de desarrollo o del estado atrasado de la nación incorporada por la fuerza o mantenida por la fuerza en las fronteras de un Estado. Independientemente, en fin, del hecho de que esta nación se encuentre en Europa o en lejanos países de ultramar.” La única voz de orden que corresponde al derecho de autodeterminación es “¡Fuera de los territorios ocupados y colonizados!”

El llamado “derecho a decidir” que los institucionalistas armados y desarmados exigen, no es el derecho de autodeterminación de todos los pueblos con un nombre “más claro” para la misma cosa, es su completa desubstancialización. Es el sabotaje del derecho internacional de autodeterminación de los pueblos, la negación de la realidad del imperialismo, en un esfuerzo vano para obtener la benevolencia y la homologación del régimen dominante hacia un proyecto aceptable, conciliable, recuperable y asimilable para lo que llaman “el Estado”, es decir el Estado que colaboracionistas y cómplices reconocen como suyo. Las consecuencias prácticas son difíciles de exagerar: no cabe procesamiento estratégico de un derecho cuya naturaleza se desconoce, oculta o falsea.

Ni el Pueblo vasco, ni ningún otro, tiene derecho a decidir nada en lo que concierne al derecho de autodeterminación de todos los pueblos como derecho fundamental e inherente que, por serlo, precede a toda decisión y donde no hay nada que decidir. El derecho a decidir bajo el imperialismo es el derecho del imperialismo a decidir por la agresión, la conquista, la ocupación, la anexión, la colonización y el genocidio, es el derecho del imperialismo de determinar a los demás.

Los institucionalistas aborígenes combaten la independencia incondicional e inmediata, que “sería imponer, lo que no sería democrático”. Pero no ven imposición ninguna en las guerras de conquista y anexión, en la subyugación, la represión y el terrorismo que fundan el presente régimen de ocupación, ni ponen condiciones para someterse a él. Toda política y todo derecho son imposición por la violencia y discriminación, pero son la autodeterminación y la legítima defensa los que suscitan los hipócritas escrúpulos de los colaboradores y cómplices del imperialismo, no la agresión y la opresión.

Califican de antidemocrático todo lo que no provenga del régimen español y francés que llaman democrático, fundamento, condición y punto de partida según ellos de todo derecho y de toda política de autodeterminación. La voluntad nacional debe determinarse bajo la dominación política, económica, demográfica e ideológica de los monopolios de violencia y propaganda del régimen de ocupación, que niegan previa y oficialmente el pueblo, el Estado y el derecho de autodeterminación.

Alfonso VIII e Inocencio III, Fernando el Católico y Julio II, Louis XIII y sus sucesores atacaron y usurparon el Reino de Nabarra por la violencia y el terror, sin condiciones previas, ni votos, ni consultas ni elecciones “para conocer la voluntad de los pueblos” antes de la conquista y la anexión. Pero, cuando menos, ni ellos ni el general Franco invocaron “la democracia y los medios exclusivamente pacíficos para obtener fines políticos” como hacen los institucionalistas armados y desarmados.

Legitimación y reconocimiento inmediatos y sin condiciones para el imperialismo, condiciones, obstáculos y dilaciones para la libertad, la defensa o la restauración de las naciones y los Estados subyugados, es así como entienden los agresores y sus colaboradores o cómplices indígenas, institucionalistas armados y desarmados, el derecho de autodeterminación de los pueblos. (La extravagante exigencia pseudo-democrática de subordinar el derecho de autodeterminación al derecho de ocupación, anexión y colonización fue paradójicamente sostenida por los institucionalistas, de forma tan suficiente, arrogante y agresiva como carente de argumentos, en el Congreso general de la Liga internacional para la defensa y la liberación de los pueblos, Donostia Noviembre de 1999.)

Los institucionalistas armados y desarmados confirman formalmente con el derecho a decidir que la nación ocupada y oprimida no existe, que la resistencia nacional no puede fundarse sobre ella, que la independencia nacional no es un derecho fundamental sino una vaga y vana aspiración. Niegan, por todos los medios a su alcance, los derechos fundamentales, inherentes a todos los pueblos, de autodeterminación y legítima defensa, que proclaman en palabras las NU y, en lo que les concierne, reivindican todos los Estados y todos los movimientos de liberación nacional del mundo. Derechos de autodeterminación y legítima defensa son inseparables, un derecho sin defensa no es un derecho.

En la ideología institucionalista, la nación, como fundamento y agente de la libertad nacional y del derecho inherente de independencia o autodeterminación, que afirman todos los movimientos de liberación nacional del mundo, deja paso a la nación que no existe, con el vago objetivo o la vana pretensión de un nacionalismo sin nación de “formar” o procrear la nación en el mismo sistema institucional que la niega. “Somos un pueblo con derecho a formar una nación, este país ha roto aguas, y vosotras las mujeres sabéis mucho de eso, será niño o será niña, pero viene criatura, una nación va a nacer.” La “nación” es, para los institucionalistas armados y desarmados, el objeto más o menos futurible de un proyecto, aspiración, pretensión, derecho o perspectiva “secesionista” en el Estado democrático, el derecho de autodeterminación un pretendido derecho del nasciturus vasco, feto más o menos viable o abortivo que deberá formarse y alumbrarse desde los democráticamente virginales e inmaculados aunque preñados senos de las madres-patria portantes, las dos “grandes” naciones ocupantes, éstas bien actuales y, aunque embarazadas, bien determinadas a desembarazarse cuanto antes y por todos los medios de tan molesto e indeseable engendro.



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“Todo imperio perecerá.” Los imperios se deshacen, obligados a abandonar su dominación sobre los pueblos que subyugaron por la violencia y el terror y que recuperan, uno tras otro, su independencia nacional, no sólo en continentes diversos y lejanos sino en la pequeña península europea del heartland, la “tierra central”. El significativo retorno de las naciones a sus territorios históricos geopolíticamente condicionados y constituidos manifiesta, en simple y cartográfica perspectiva, la anómala, extravagante y extemporánea condición de los residuales imperios del extremo occidente europeo.

La historia comparada muestra la diversidad evolutiva de los imperialismos, pero confirma que el imperialismo no retrocede nunca de forma voluntaria, espontánea, racional o razonable. Su remisión o limitación sólo se da cuando encuentra resistencias que no puede superar.

Una dominación política puede prolongarse algún tiempo. Pero el sometimiento indefinido de un pueblo con reservas vitales, sentido de la propia identidad, conciencia nacional y estatal arraigadas, voluntad determinada, es siempre problemático. “Basta que un pueblo, incluso sin armas, esté resuelto a hacerle la vida imposible a un conquistador para que éste descubra poco a poco la vanidad de las conquistas.” Esta visión optimista supone condiciones y formas que están lejos de ser universales. Un pueblo subyugado alcanza más pronto o más tarde la independencia, a menos que lo liquiden antes, en cuyo caso no puede ya alcanzar nada. “A condición de pagar el precio, utilizando plenamente la fuerza de un ejército, no es imposible, en pleno siglo XX, abatir una voluntad popular, quasi unánime, de resistencia o de liberación. Donde el conquistador tiene la posibilidad y la voluntad de acometer, como fin o como medio, la destrucción del pueblo subyugado, las conquistas no son fatalmente vanas.”

Frente al poder político establecido, “la mayor parte de las veces, los rebeldes, sobre el papel, no tienen ninguna posibilidad de éxito. Los que detentan el poder mandan al ejército y la policía: ¿cómo hombres sin organización y sin armamentos podrían salir vencedores? Por tanto, si el poder obtiene la obediencia de sus servidores, no lo consiguen. Evitemos las mitologías. Los rebeldes con las manos vacías son irresistibles cuando los hombres del poder no pueden o no quieren ya defenderse.” Si los gobernantes ordenan disparar contra ellos, y las fuerzas armadas hacen lo que les mandan, manifestaciones, motines, revueltas, insurrecciones y sublevaciones se disuelven o se aplastan. La revolución se interrumpe y se difiere si se dan y se preservan sus fundamentos políticos, sociales, económicos y culturales, en caso contrario, se liquida por el triunfo absoluto de la contrarrevolución y la aniquilación de los revolucionarios. Si los gobernantes no ordenan disparar, o las fuerzas armadas se niegan a obedecer, el poder deja de serlo, la revolución está en marcha, al menos por un tiempo.

Si el conflicto se da entre diversas naciones, o terceros actores intervienen de un lado o de otro o de ambos, un conflicto es o se transforma en internacional. La lucha por la libertad nacional presenta, además de las constantes genéricas de los conflictos sociales, otros caracteres propios, específicos, que determinan la estrategia de los movimientos por la independencia nacional, las formas y perspectivas de la revolución, la reacción de la administración y las fuerzas armadas, que difieren sustancialmente en un conflicto colonial de las que se producen entre las fuerzas internas de un Estado nacional.

Dados los medios de represión y condicionamiento de que el poder político dispone en la actualidad, es cada vez más difícil desplazar a un gobierno bien establecido e implantado. No es el pueblo, sino la intervención más o menos discreta, directa, camuflada o abiertamente armada de las potencias hegemónicas la que realmente opera y decide entre la revuelta y la revolución, transformando la una en la otra. En Yugoslavia como en Libia, no son los pueblos los que imponen la dominación de “los Estados civilizados” de Occidente, sino los bombardeos bajo las siglas NATO y UNO.

El apoyo de los institucionalistas periféricos al belicismo y el revanchismo afro-asiáticos de franceses y españoles, de la expedición de Suez a las últimas ingerencias transcontinentales, no es cuestión de oportunismo parlamentario ni tendencia de última hora, sino reiteración en los temas favoritos del más retrógrado colonialismo. “A lo que no puede volverse es al abandono de la selva a la vida salvaje; y lo que el sentido de responsabilidad – aparte otros motivos de realidad evidente – nos impedirá en cualquier evento, es arriar de las colonias los pabellones de Portugal y España para que sean izados los de naciones extrañas al ámbito ibérico.” Bajo la completa dominación alenígena de su propio país, pensaban ya en participar en “el progreso, el desarrollo” y la explotación de las colonias portuguesas. Habían olvidado que el fundador de su Partido afirmaba el derecho de independencia inmediata de todos los pueblos o naciones, sin exclusión ni excepción de razas o de territorios. Y esto en las fechas en que “liberales y social-demócratas” de los grandes imperios europeos impulsaban y apoyaban la dominación y la explotación de las colonias, negaban el derecho de autodeterminación y se preparaban para meter al mundo en la más terrible de las guerras coloniales, “la guerra imperialista por ambos lados” de 1914-18.

Sobre el tablero geopolítico internacional, los pueblos y Estados pequeños, débiles y aislados carecen de importancia estratégica, aunque pueden ser táctica, provisional y localmente tomados en alguna consideración por las grandes potencias, si llegan a insertarse en los organigramas de contradicción, conflicto y equilibrio de aquellas, dando lugar a variantes más o menos diversas y estrechas de satélites, clientelas y protectorados.

En última instancia, un pueblo sólo puede contar con sus propios recursos y su propia resistencia para preservar la libertad nacional o acceder a ella, condición previa para acceder a todas las demás. No hay otra base de alianza o negociación. Las alianzas no pueden paliar a la propia debilidad política, sólo la fuerza y la determinación propias permiten las alianzas. Si un pueblo no las tiene o las obtiene por sí mismo, no las obtendrá nunca de las “grandes” naciones, menos todavía de otras tan débiles como él. Un pueblo-isla, no tiene aliados “naturales”. Tampoco los tiene artificiales, pues todo poder político, incluso, reducido, reciente o incipiente, busca la alianza con los poderosos y desprecia a los débiles.

En política no hay más aliados, ni más seguridades, ni más confianzas, ni más palabras dadas, ni más pactos, ni más derechos que los que se fundan en la relación estratégica de fuerzas. Para un pueblo oprimido, toda alianza internacional, con los fuertes o con los débiles, es circunstancial, volátil, provisional y precaria, debe transformarse de urgencia en refuerzo del propio núcleo estratégico antes de que sea demasiado tarde, y es tarde casi siempre.

Si la solidaridad, la comprensión o el reconocimiento de los opresores es un vano e inepto sueño, la solidaridad de los pobres, los oprimidos y los colonizados es un cuento romántico para engañar y exprimir a los eternos ilusos. En una sociedad de yuxtaposición nacional y estatal, la solidaridad en la lucha internacional contra el imperialismo no existe. La lucha internacional contra el imperialismo es una quimera, los pueblos, libres o subyugados, se ocupan de sí mismos, de sus propios asuntos e intereses, nada les importa que sea a costa de los demás, cuya opresión les tiene sin cuidado. Ninguno de ellos sacrificará sus posibilidades reales o imaginarias de obtener el apoyo de un Estado cualquiera, a la impresentable y ruinosa compañía de un pueblo pequeño, débil, ideológica y políticamente subdesarrollado. Los pueblos oprimidos, que para debilidad bastante tienen con la suya, buscan la protección de los más fuertes y evitan como la peste la temible y denigrante compañía de los más débiles. Apenas liberados, e incluso antes, no sienten necesidad más acuciante que la homologación con las potencias imperialistas y la profiláctica distanciación de los piojosos pueblos restantes, que tienen la inaudita pretensión de ser tan libres e iguales como ellos y titulares de los mismos derechos de autodeterminación y legítima defensa que los demás. La solidaridad internacional entre los pueblos no debe confundirse con una indigna, humillante y estéril prestación unilateral, un reconocimiento a sentido único, una transferencia que permite ocultar la incapacidad para la defensa de la propia libertad y, por tanto, de la libertad de los demás. La libertad de todos empieza por la libertad de uno mismo. Tiene por condición el conocimiento y el reconocimiento del otro, no hay sociedad libre e igual sin alteridad (bestetasunik gabe) entre pueblos libres e iguales. Pero el desconocimiento, el desprecio y el odio hacia el otro, la negación de su misma existencia, son lo propio del imperialismo y el colonialismo.



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Todos los pueblos del mundo afirman su pretensión de vivir libres y seguros en su patria libre, con el territorio y los recursos que la constituyen, de preservar su libertad e identidad nacionales por todos los medios posibles frente a la agresión y la ocupación imperialista y colonialista, de mantener sus propios derechos de autodeterminación y legítima defensa.

La lucha por la libertad nacional es una lucha por la supervivencia que implica la lucha por la dignidad humana, por los derechos de identidad y personalidad. El que no ha comprendido eso no entenderá nunca la persistencia y la extensión de los movimientos de liberación nacional a través del mundo.

El nacionalismo imperialista oprime, reprime, amenaza, secuestra, roba y mata. Pero si el imperialismo puede, a veces, someter y destruir a los pueblos, no hay pueblos que resisten al imperialismo y pueblos que se someten. Los pueblos no se someten nunca si tienen fuerzas para impedirlo, no aceptan nunca los derechos de agresión y de conquista. Los pueblos resisten porque existen, existen porque resisten. Su resistencia misma “hace que un pueblo es un pueblo” identificable bajo la agresión, la ocupación y el terrorismo imperialistas. La lucha por la libertad nacional es signo y expresión vital. Lleva en sí misma su fundamentación y su justificación inmanentes, porque es imposible e impensable la resistencia política e ideológica frente a la agresión imperialista y la ocupación totalitaria sin las condiciones sociológicas y culturales generales que las preceden, constituyen, explican y hacen necesarias.

Los pueblos subyugados luchan por su libertad mientras están vivos, y si dejan de hacerlo es porque están ya muertos, aunque el punto de irreversibilidad sea incierto y la aparente muerte clínica recele a veces hibernaciones o letargias funcionales de aventurado diagnóstico y sorprendente desenlace.

En política internacional nadie considera, respeta ni reconoce a los débiles, los indefensos y los sumisos. Un pueblo que se reconoce inexistente o inferior no es o no es ya completamente un pueblo. Es juguete y víctima segura de sus predadores, a los que ni siquiera reconoce como tales, más fuertes, mejor armados y bien determinados, por su parte, a acabar con él. No puede esperar el reconocimiento de nadie el pueblo que no se reconoce a sí mismo en su propia sociología y en su propia historia. Incapaz de acceder a las relaciones internacionales con estrategia e institución estatal propias, ha perdido su propia estima y la de los demás.

Los pueblos que no construyen, preservan o restauran su propio Estado no existen para la “comunidad internacional”. “Un pueblo que todavía no tiene su Estado no merece que perdamos el tiempo hablando de él.” Todos sus esfuerzos por hacer valer su entidad étnica, histórica y política serán inútiles. No será tomado en serio por nadie, sólo encontrará la incredulidad, la chacota, el desdén, el desprecio de todos. No será el asombro del mundo, sino su hazmerreír.

Los pueblos que no luchan por la libertad son ya pasto de predadores y carroñeros, o escoria, “basura de pueblos” a reciclar o incinerar por los Servicios de recuperación y saneamiento. Sólo hay un medio de recobrar la dignidad internacional perdida: la resistencia estratégica al imperialismo, la lucha determinada y obstinada por la recuperación de la independencia y la creación o la restauración del propio Estado.

“Los dioses ciegan a quienes quieren perder. Los seres que no se defienden son siempre los mismos, ven que el abismo se abre ante ellos y, sin embargo, se precipitan en él.” Hay pueblos que desaparecen entre el estruendo y el fragor de las batallas y de las luchas socio- políticas. Otros salen humilde y discretamente de la historia estratégica, camino el más rápido para salir de toda historia, porque la limitación absoluta o relativa de sus fuerzas no les permite otra cosa. Y hay otros que, incapaces de utilizar las fuerzas reales de que disponen, salen de ella haciendo el ridículo.

La estrategia, forma dinámica de la relación de fuerzas, constituye la política. Sin estrategia no hay política. Toda política implica una estructura estratégica de fines y medios que produce, conserva, modifica y realiza la relación de fuerzas de violencia en que se funda. Los medios constituyen los fines, pero los fines constituyen los medios. La profundidad de los fines condiciona y produce la extensión de los medios. Los pueblos sólo se movilizan para fines que lo merecen.

Un pueblo puede tener conciencia de su realidad nacional, política, histórica, sociológica, sin acceder por eso al “momento” político, a la condición de actor de nivel estratégico, protagonista de su propia política. El pueblo que carece de estrategia propia hace necesariamente la de los demás. Si no desarrolla su voluntad de libertad nacional en la estrategia que lo cualifica permanentemente para las luchas ideológicas y políticas internacionales está perdido. Sin base estratégica, en una sociedad ideológica y psicológicamente enferma y maltrecha, la pretendida oposición se agota, degrada y desintegra. Oportunismo, demoralización, desmovilización, inhibición llevan a la sumisión, la colaboración, la complicidad y la traición, en un proceso acelerado e irreversible de liquidación política letal para toda oposición democrática. Quien renuncia al imperativo estratégico como base y estructura de comportamiento, adopta la estrategia y hace la política del fascismo y el imperialismo.

En el mundo en que vivimos, no hay trucos, atajos, rodeos ni soluciones de facilidad que permitan hacer la economía de una línea estratégica acorde con la realidad de las fuerzas en presencia. El que todavía no se ha enterado de eso es un peligro mortal para el grupo social que dice representar o defender.

La historia moderna del Pueblo vasco es exponente de su dificultad e incapacidad recurrentes para acceder al nivel estratégico, e incluso para comprender la naturaleza de la política. La simple consideración de sus productos culturales permite apreciar que no le han faltado cronistas y documentalistas más que historiadores, etnógrafos más que sociólogos, filólogos más que lingüistas, leguleyos y administradores más que juristas, teólogos y moralistas más que políticos. Pero la cuestión estratégica, objeto final del arte y la ciencia aplicados de la guerra y la política general, ha sido constantemente ignorada. En su lugar, discursos idealistas, wishfull thinking, cuentos chinos, novelas rosa y poemas románticos ocupan la literatura y los discursos oficiales.

En las condiciones políticas, económicas y culturales que siguieron a la conquista, la ausencia de una escuela propia de las ciencias sociales se hace cruelmente notar y no se ha subsanado nunca. Todas las facciones institucionalistas tienen manifiesto interés en mantener al país en el subdesarrollo cultural e ideológico que es efecto y causa del subdesarrollo politico.

El Pueblo vasco, en las condiciones del segundo franquismo, no tiene una política equivocada, no tiene ninguna. Toda su virtualidad popular se ha visto arruinada por retraso, primitivismo y subdesarrollo cultural, ideológico y político, con el decisivo concurso de los institucionalistas armados y desarmados. Políticamente aherrojado e ideológicamente amordazado por el fascismo internacional, ha demostrado de nuevo, durante los últimos cincuenta años, su incapacidad estratégica para afrontar el imperialismo franco-español. Su inteligencia política, lastrada por el subdesarrollo y la perversión de la cultura, embotada por la dominación alienígena y la colaboración, está hoy tan deteriorada que le impide comprender, cuando más falta le hace, la misma naturaleza de la política y del imperialismo.

Como generalmente ocurre con los pueblos primitivos, esconde su debilidad con atentados, heroicas aventuras, algaradas tontas o arrebatos fútiles y fatuos, pero se muestra incapaz de afrontar la visión estratégica de los Estados modernos, la continuidad, la constancia de su hipertrofiada administración.

El Pueblo vasco tuvo su modesta oportunidad en las condiciones de la postguerra y la crisis del franquismo. No es seguro que la tenga después de cincuenta años de sabotaje institucionalista armado y desarmado. La historia no espera a los incapaces de discernir y aprovechar las encrucijadas poíticas decisivas.

Otros pueblos tanto o más defavorecidos han mostrado capacidad de percepción de la realidad política, lucidez estratégica, rapidez de adaptación, reacción e iniciativa espontánea o mediada, articulación operacional de su virtualidad asociativa, que les han permitido compensar una inferioridad inicial con frecuencia abrumadora y resistir a la agresión con éxito considerable.

Los institucionalistas indígenas adujeron la dictadura soviética y el carácter “tribal” del conflicto yugoslavo para explicar los movimientos de independencia de los demás, negando toda relación con el caso vasco donde, según parece, no hay tribus ni dictadura ni derecho de autodeterminación.

Puede considerarse diversos factores diferenciales en la historia comparada de los Estados escandinavos, bálticos, caucásicos, balcánicos, pero no puede soslayarse el dato decisivo de que los institucionalistas armados y desarmados no tuvieron allí participación ni equivalencia, ni fueron modelo para nadie. De otro modo, no sería la independencia, sino la consolidación de los imperios, “en espera de las próximas elecciones, una nueva etapa de persuasión y diálogo, profundización de la democracia, progreso paso a paso, lucha armada y negociación inevitable, en ausencia de toda violencia”, es decir de represión y genocidio, lo que habrían encontrado y seguirían esperando los alógenos soviéticos y sus vecinos. Un pueblo puede sobrevivir a veces a conquistas, guerras, ocupaciones, depredaciones, epidemias o catástrofes naturales. Pero una calamidad como los institucionalistas armados y desarmados parece imposible de superar. Ni una demografía como la del imperio chino podría lograrlo. Ni toda la potencia de fuego de la Sexta flota se mantendría (a flote) con ellos al timón.



12

Las naciones sólo se movilizan para fines que lo merecen. Los fines constituyen los medios. La profundidad de los fines condiciona y produce la extensión de los medios. La independencia es un fin que encuentra dificultades naturales de agregación en las condiciones de la ocupación imperialista y colonial, pero su abandono lleva a la liquidación de la política y la ideología democráticas. Sin fines, ni función, ni órgano ni principios estratégicos no hay política, sólo hay charlatanismo ideológico y descomposición política. Vana agitación y apariencia de movimiento tratan de pasar por activismo político.

El “oportunismo” es la subordinación y el abandono de fines, medios y posiciones políticos e ideológicos fundamentales y estratégicos de que un pueblo dispone, con el fin o el pretexto “realistas” de obtener beneficios ilusorios, provisionales, superficiales, secundarios y tácticos. Pero, la realidad que corresponde a tales ilusiones y comodidades no existe, las opciones tácticas, que sólo en el planteamiento estratégico se dan, desaparecen con la ruina de éste. Ninguna ventaja parcial, temporal o formal las justifica. Incapaces de afrontar la realidad, los títeres indígenas del imperialismo contribuyen a la difusión de tales ilusiones por todos los medios que los monopolios de propaganda ponen a su disposición, sabedores de que los pueblos que no se enteran del mundo en que viven son presa indefensa de sus predadores.

Países subyugados por el imperialismo, al término de guerras de conquista y exterminio, ideológica y políticamente subdesarrollados, propenden al oportunismo y la liquidación política por dos vías formalmente distintas, pero básicamente unidas e interactivas, que una parte de su población prefiere siempre a una estrategia real, pero difícil y problemática. La primera forma de reacción busca la solución en el terreno de la confrontación inmediata y directa con la violencia monopolista que es la base política del poder dominante, y lo hace, o pretende hacerlo, por los mismos medios de éste. Lo que, cuando la guerra es imposible, produce una sucesión de atentados, forma infrapolítica de violencia. La segunda opta por “la vía institucional, pacífica y política, realista, posibilista, minimalista, gradualista, reformista, paso a paso, segura, cómoda, provechosa, sin adversarios y sin complicaciones” de la sumisión al poder establecido. “Es eso o echarse al monte con un fusil”. Las dos vías propuestas están en realidad más próximas y el paso de una a otra es más fácil y frecuente de lo que se ha querido hacer creer.

Sólo la modificación estratégica de la relación de fuerzas constituye la realidad del progreso político. Ni la vía institucional ni los atentados, ni juntos ni separados, tienen entidad para llenar el vacío político frente al fascismo y el imperialismo. Si no hay base política real, la vía institucional y los atentados son un absurdo de penosas consecuencias. Si tal base existe, el absurdo es mucho mayor y las consecuencias tanto más lamentables, graves y desastrosas. Pero su coste añadido es una catástrofe suplementaria que ciega las vías de la conciencia, la acción y la restauración políticas.

Para mayor seguridad, la propaganda monopolista, transmitida por colaboracionistas y cómplices armados y desarmados, hace creer a las víctimas del imperialismo que toda resistencia real, legal e ilegal, es política y lógicamente imposible, que una alternativa estratégica a la vía institucional y la lucha armada es, no sólo sociológica sino lógicamente, una imposibilidad absoluta, un absurdo material y formal, algo así como el cuarto ángulo de un triángulo. La única política eventualmente posible contra el imperialismo queda así expresamente excluida por moderados y radicales, que declaran inexistente, insoluble y absurdo todo lo que no entienden, ni quieren entender, ni tienen interés en entender.

El institucionalismo “puro” pretende fundar la oposición al régimen político vigente, en las propias instituciones “democráticas” de éste. “El pueblo vasco dijo el 13 de Mayo lo que quiere. Estoy absolutamente convencido de que 2006 va a ser un año transcendental, en que se va a escribir el futuro de Euskadi para mucho tiempo. Estoy convencido de que entre todos vamos a abrir un nuevo ciclo histórico de convivencia, sobre tres pilares: paz, diálogo y decisión. Este pueblo va a decidir libremente y con plena normalidad el régimen que quiere tener. Estoy absolutamente convencido de que estamos ante una oportunidad histórica para la paz y para resolver el conflicto en este país. Haremos una consulta para que el pueblo vasco diga lo que quiere. Este país se ha puesto en marcha, ¡y nadie lo va a parar! Si dentro, pongamos de diez años, este país se decide por la independencia, ¿quién se va a oponer? ¡Que se sienten de una vez a la mesa de la negociación! Dicen que no van a negociar. Pero ¿cómo se van a negar a negociar? La posición del gobierno español no se puede mantener. Y si se mantiene, todavía peor, porque no sería democrático. Habrá que esperar a las próximas elecciones. No nos atragantemos, queriendo que todo se haga para mañana. Nosotros no tenemos prisa. Como parece que hay que poner alguna fecha para la independencia, yo diría que quince años. Digamos que seis años. Esto va para doscientos años.” Etc.

La propaganda institucionalista hace creer que es posible y necesario reformar el fascismo y el imperialismo aviniéndose a sus exigencias, que ello granjeará de su parte comprensión, reconocimiento, respeto, benevolencia y agradecimiento. Pero las exigencias del imperialismo absoluto no se satisfacen nunca, porque desplaza y renueva su nivel táctico de exigencia aparente y funcional a medida que se cumplen. Cada exigencia satisfecha produce una exigencia mayor y más dura. Las humillantes claudicaciones que pretenden amansar al ocupante y “cautivar a España” aumentan el natural desprecio, la irritación, la impaciencia y el furor xenófobos que los aborígenes serviles y corrompidos inspiran al conquistador. Han estimulado la violencia represiva de las fuerzas de ocupación, movilizado, reorganizado y radicalizado las colonias de población, multiplicado y potenciado el número y la acción de los renegados. La única satisfacción posible de las exigencias reales del imperialismo absoluto es la liquidación del pueblo subyugado.

Los modernos Estados dominantes proponen a veces caminos a una vana esperanza, que basta frecuentemente para contener y dividir al adversario actual o virtual. Un pueblo sin política creíble es siempre presa de los espejismos y las soluciones de facilidad que la propaganda fascista e imperialista suscita.

El régimen establecido, en plena posesión de los monopolios de violencia y propaganda, impone así en permanencia operaciones de diversión que, durante semanas o decenios, acaparan la atención pública y la mantienen alejada de toda consideración estratégica. Secundan y refuerzan la represión, prolongando la pérdida de tiempo y recursos que es objetivo constante del poder establecido. Previo reconocimiento del monopolio de la violencia del régimen establecido y la aceptación del resultado de todos sus crímenes, a partir de la sumisión a todas sus “leyes”, el régimen terrorista democrático no-violento otorga magnánimamente todas las libertades, toda la convivencia, todo el pluralismo, todo el diálogo, toda la negociación, todas las elecciones y todos los derechos que se quiera. Su convivencia es el derecho y la obligación de vivir como quieren ellos, su pluralismo el derecho y la obligación de todos de ser españoles o franceses, su rechazo de la violencia venga de donde venga es el monopolio fascista e imperialista de la violencia y el terrorismo de Estado, su democracia el derecho a votar como ellos quieren, su libertad de expresión la de decir lo mismo que ellos. Pero “a partir de ahí”, no queda nada de que hablar, ni nada que hacer, ni nada que votar, ni nada que negociar, sólo quedan la sumisión, el desmembramiento, la incorporación y la anexión, la liquidación nacional estratégica, política e ideológica, la negación del pueblo y el Estado ocupados, el reconocimiento de los “grandes” Estados y de las “grandes” naciones imperiales y del régimen de ocupación como efectivo, democrático y no-violento a la vez, la asumpción de los principios e imposiciones del nacionalismo alienígena y el abandono expreso de los principios y derechos fundamentales e inherentes de libertad, autodeterminación y legítima defensa, identidad nacional y democracia, la liquidación la sumisión, la colaboración, la complicidad con el régimen establecido.

Con las llamadas “instituciones”, es decir las instituciones que el imperialismo impone, ganan siempre los que construyen y controlan las instituciones, porque los partidos los gana quien impone el campo y los participantes y dicta las reglas del juego. Si las cosas no funcionan todo lo bien que se esperaba, se subleva el ejército, fundamento de la constitución real y primaria antes de serlo de la Constitución formal y secundaria, y se cambian las instituciones. (El ejército español se sublevó hace mucho tiempo y nunca se ha bajado o lo han bajado del caballo.)

La estrategia y la táctica de la oposición legal e ilegal ante “las instituciones” del régimen de ocupación dependen de la relación general de fuerzas y la situación concreta en que se inscriben.

Toda oposición a un régimen establecido, “debe en primer lugar aprender a comprender el carácter puramente táctico de la legalidad y la ilegalidad, desembarazarse tanto del cretinismo de la legalidad como del romanticismo de la ilegalidad. La cuestión de la legalidad y la ilegalidad se reduce a una cuestión puramente táctica e incluso de táctica momentánea.” El Estado dominante “no constituye el medio natural del hombre, sino simplemente un hecho real, cuya potencia efectiva hay que considerar a sin su pretensión de determinar interiormente nuestra acción. Se trata de ver en él una simple constelación de poder con la cual es necesario, por una parte, contar, en los límites de su poder y solamente en los límites de su potencia efectiva, y cuyas fuentes de potencia, por otro lado, deben ser estudiadasde la manera más precisa y más amplia, a fin de descubrir los puntos en que esta potencia puede ser debilitada y minada.”

Toda resistencia al imperialismo implica legalidad e ilegalidad, pues la legalidad y la ilegalidad “puras” bajo el imperialismo son imposibles en la lucha por la libertad. Sin un grado obligado de sumisión al orden establecido no se puede comer, ni subsistir ni, por tanto, resistir, pues el régimen y su legalidad están conformados para que no se pueda. Pero dentro de él la oposición es limitada, porque las instituciones no se combaten a sí mismas, ni permiten que otros lo hagan, sólo acometen o permiten aquellas reformas que no afectan negativamente a su dominación. Toda conducta en contrario está constitucionalmente excluida, administrativamente perseguida, penalmente sancionada. Es el medio más radical de cortar la necesaria dinámica inmanente a toda revolución que, “si no avanza, es rápidamente rechazada más atrás que su punto de partida y aplastada por la contra- revolución.”

Las instituciones del imperialismo son inseparables de la negación teórica y práctica de los derechos de autodeterminación e independencia estatal y de la existencia misma del pueblo subyugado. No pueden reformarse y nunca se reformarán, lo que sería negarse a sí mismas. Su perspectiva y su realidad son la liquidación estratégica y, por tanto, política, del movimiento de liberación nacional.

Toda institución y toda reforma institucional, por limitadas, falsas y reaccionarias que sean, deben utilizarse y aprovecharse, de todas las maneras. Pero ninguna podrá nunca oponerse a las instituciones sino en la medida en que se integre en una estrategia cuyos fines y medios desbordan de las instituciones y sólo pueden fundarse y desarrollarse con instituciones propias. Es en período de crisis institucional cuando se efectúan reformas significativas. Es su lugar en la totalidad estratégica lo que califica el acto institucional como pura y simple reforma institucional o como parte de la política de autodeterminación, independencia o liberación nacional. A diferencia de la reforma y la revolución, la gestión es, por naturaleza, una función de simple conservación política.

La reforma formalmente institucional no lo es realmente en muchos casos, su verdadera dinámica le viene dada desde fuera, pero el poder establecido tiene interés en disimular lo que constituye una infracción y una falla del propio sistema institucional, presentando la resistencia como reformismo institucional y la instancia reformista como revolucionaria. Lo que contribuye a la ambigüedad propia del acto institucional.

Cualesquiera que sean la forma, el tiempo, el ritmo, los medios que adopte, una revolución no es una simple reforma institucional, sino un cambio de estructura, social, económico, político e ideológico, una transferencia del poder político. En este sentido, una empresa de liberación nacional frente al imperialismo y el colonialismo es una revolución. El progreso y el retroceso políticos no se determinan en referencia a criterios y medidas formales, sociales, económicos o culturales, cuya ambigüedad se revela en su contraste, con frecuencia contradicción, con la relación de fuerzas y su implementación estratégica.

Los que preconizan la vía institucional para acceder a la libertad nacional, renuncian a la libertad nacional, pues en las instituciones no existe ninguna vía para llegar a ella. “El que se pronuncia por la vía legal de las reformas en lugar de la conquista del poder político y de la revolución social, no elige de hecho una vía más tranquila, más segura y más lenta hacia el mismo fin, sino un fin completamente diferente: en lugar de la realización de un nuevo régimen social, cambios insignificantes del antiguo régimen.”

Pretendida vanguardia ideológica y política del pueblo subyugado, los institucionalistas armados y desarmados son, en realidad, la retaguardia que retarda de manera flagrante sobre la espontaneidad, la conciencia, la voluntad de las fuerzas populares, en cuya virtualidad política no creen y no han creído nunca. No actúan hacia delante sino hacia atrás sobre ellas, no aceleran sino frenan su desarrollo. Confunden la marcha atrás estratégica que han inducido, con la marcha adelante, la vanguardia con la retaguardia. Para disimular la realidad de sus pretendidos logros, los institucionalistas armados y desarmados ponen o suponen el punto y el momento de referencia lo bastante bajos y atrasados para que todo lo que ellos hagan aparezca como progreso y adelanto. Rebajar la base nacional a fin de construir y exaltar por referencia la propia imagen ideológica y política es una particularmente artera, rastrera, reaccionaria y nefasta forma de autobombo y propaganda.



13

La vía institucional tiene corolario, consecuencia y complemento en los atentados. Cretinismo institucional e infantilismo armado no integran los términos de una alternativa política, son, por carencia constitutiva, la misma cosa. “Tienen una raíz común” en la sobreestimación del institucionalismo y los atentados y la subestimación de la potencia efectiva del poder establecido. Revelan la misma incapacidad y llevan a los mismos resultados.

La complementariedad funcional de moderados y radicales hace de ellos “rivales” ideales, cada grupo presentándose como remedio a la inepcia del otro. Ambos se producen y reproducen mutuamente, se nutren de la noria genética de movimiento continuo que produce partidarios de “la lucha armada y la guerra revolucionaria” con los desengañados y desesperados desechos de la vía institucional, y reproduce partidarios de la vía institucional con los desechos desengañados y desesperados de la lucha armada y la guerra revolucionaria. En la reaccionaria división del trabajo que han desarrollado, “la lucha armada y la guerra revolucionaria” recuperan los excedentes de la vía institucional, convierten a los más ingenuos, incautos o atolondrados de sus seguidores, frustrados por la colaboración o exasperados por la represión y la provocación fascistas, en desperados a los que lleva a poner la cara en el lugar más adecuado para que se la rompan, con la represión, la tortura, las prisiones lejanas, los cementerios y los cada vez más problemáticos exilios como destino, en un régimen que dispone de un poder de represión y represalia arbitrario e ilimitado contra individuos, familias y pueblos. La frustración institucional lleva a los atentados. El fracaso de los atentados devuelve a la vía institucional. Recurrencia asimétrica y mal equilibrada, de evolución inevitable y fatal desenlace. El desequilibrio estructural de este nuevo dualismo de legalidad-ilegalidad es tal que sólo puede subsistir mientras el régimen necesite de él para prevenir y recuperar la agitación incontrolada de las colonias periféricas.

El Terror de masas crea las condiciones sociales de opresión, subdesarrollo, frustración y desesperación que hacen posibles los atentados, que sólo existen como correlativos de los monopolios de violencia y terrorismo. Sin agresión y ocupación imperialista no habría atentados. Los atentados, tardía reminiscencia romántica y apologética del desastre de 1936 y costosa y ruinosa aplicación analógica de la experiencia, previamente ignorada o falseada, de Irlanda y Argelia, son exponente de la impotencia política de un pueblo bajo la ocupación, de la ausencia de estrategia, instituciones y clase política propias, del primitivismo y la debilidad, el subdesarrollo y el retraso cultural de la nación subyugada y de la obra funesta de los institucionalistas armados y desarmados. Son una consecuencia, un síntoma, un efecto, un revelador, un reductor, una válvula de seguridad, una tapadera del problema real que constituyen el imperialismo y el fascismo, una provocación, una coartada, un medio de facilitar e intensificar y un pretexto para disimular y justificar la violencia y el terrorismo de Estado. Cuando el agotamiento y la destrucción de recursos exorbitantes de los resultados, la quema continua e injustificada de militantes, no los transforman en arrepentidos, tránsfugas y renegados al servicio del fascismo en el poder. (La infiltración social-imperialista, muy activa en los años sesenta, ocupó entonces la dirección burocrática de la organización activista, instalándose luego en su ambiguo y más discreto entorno.)

Con los atentados, pierden siempre los que con medios derrisorios y cada vez más obsoletos y anacrónicos pretenden enfrentarse a los monopolios de violencia y terrorismo de masas en su propio terreno. Hablar de negociación inevitable, como pretensión o logro consumado de los atentados, con la esperanza de que a fuerza de decirlo los poderes establecidos se lo crean, no engaña a nadie, sino tal vez a sus propios adeptos. La negociación política supone la relación de fuerzas que funda la negociación. Donde la disparidad es tan desmesurada como evidente no cabe negociación, ni siquiera capitulación, sino rendición sin condiciones. (No hay “treguas unilaterales” donde la represión no se detiene nunca. No hay “comandos” sin guerra ni ejército.)

“El acontecimiento capital de estos últimos cuarenta años”, la “nueva resistencia”, que iba a “sacar de la postración, la inconsciencia, el letargo a un pueblo embrutecido, vencido, rendido y sumiso, restaurando su conciencia y su voluntad perdidas”, surge “en una población completamente alienada, en vía de asimilación total”. Pero en una población así no surge nada, ni siquiera atentados. Los atentados organizados y repetidos durante cincuenta años en las proporciones y las condiciones más desfavorables no se producen sin pueblo y sin resistencia popular. Los atentados suponen un pueblo y una resistencia limitados y frustrados, no su inexistencia. (Los insultos de la propaganda monopolista sobre “malhechores, delincuentes y criminales apolíticos y comunes, psicópatas, canallas, cobardes, bandidos y asesinos, mafiosos, matones, chulos y sinvergüenzas, gentuza repugnante y asquerosos cabrones hijos de puta, que dominan y aterrorizan a una población indefensa y se pasean ante las viudas y los huérfanos de sus víctimas como auténticos chulos” no hacen sino repetir y acrecer de forma inédita los infundios materiales y formales de los servicios coloniales de intoxicación de masas desde que el imperialismo existe sobre la tierra. Son ideológicamente rentables, pero no explican nada. Contradicen la observación empírica como la consideración sociológica, pero revelan el furor y exasperación ante las consecuencias de un conflicto social que la violencia y el terrorismo de Estado no aciertan a liquidar.)

Es significativo que los propios adictos de “la lucha armada y la guerra revolucionaria” coinciden con los monopolios de propaganda en negar la resistencia popular y, en general, todo lo que no sea ellos. Presentar los movimientos de masas de los años cincuenta y sesenta, el alza correspondiente de la presión ideológica y cultural, como prueba de la ausencia de oposición popular y como logros de los atentados, es falsificar y hacer inexplicable la realidad, rebajar el país que se dice defender, invertir la causa y el efecto, al servicio de la subclase política retardataria y reaccionaria que embrutece el país en provecho de la dominación alienígena.

A fin de ocultar el inevitable, inmanente y desastroso resultado de la política de liquidación ideológica y política por ellos promovida en las condiciones del fascismo triunfante, a fin de validar ensalzar, exaltar, sublimar, preservar, promover y acreditar por referencia la falsificación romántica de la historia y la función prometeica, demiúrgica y taumatúrgica que se atribuyen, sus dirigentes han tratado siempre de ocultar y devalorizar, teórica y prácticamente, la realidad y la función del pueblo mismo como agente ideológico y político, no han dudado en desacreditar y humillar al país que dicen representar y defender, negando con ello el fundamento mismo de la implementación estratégica.

La guerra es insubsumible en el institucionalismo. Los atentados y el institucionalismo son también incompatibles, vacíos o contradictorios, legalidad e ilegalidad no se combinan, complementan o apoyan mutuamente, sino que se destruyen entre ellas. Entre el institucionalismo puro de un lado y los atentados de otro, el “modelo mixto”, bietan jarrai, no es una combinación, una variante intermedia o un truco táctico, es la transición del abandono de los atentados a la adopción de los fines y medios del reformismo institucionalista tradicional. Sucesivos hundimientos, desprendimientos y corrimientos de terreno originan los espacios y “partidos” intermedios, las esclusas y las escalas del recorrido. Un servicio permanente de autobuses de cercanías con parada y fonda, facilita y hace más discreto y menos doloroso el inevitable tránsito entre las estaciones.

O las masas están suficientemente “concienciadas” para conformar una oposición política o no lo están. El socorrido recurso a “la concienciación y la excitación” como finalidad de los atentados es un intento tardío de paliar su fracaso como acción política, “uno de los estadios de la desagregación y la decadencia de este tradicional círculo de ideas. ¡Sería difícil imaginar una argumentación que se refute a sí misma con más evidencia! ¿Hay tan pocos hechos escandalosos en la vida política que se necesita inventar medios de ‘excitación’ especiales?”

La propaganda institucionalista repercute la variante “moderada” e hipócrita de la propaganda oficial, según la cual los atentados son el único o el principal obstáculo para la negociación y la solución del conflicto, su erradicación el objetivo prioritario del Estado, (pretensión absurda, porque el Estado ha podido siempre acabar unilateral e inmediatamente con los atentados). Pero el abandono de los atentados, que deja paso al institucionalismo puro, no acarrea el fin de la opresión, la represión y la persecución contra el movimiento de liberación nacional en cuanto tal, sino que las intensifica y extiende. La sagrada unidad del imperio como supremo objetivo político aparece sin los subterfugios de la propaganda.

No son los atentados lo que preocupa al poder político, que sabe muy bien como utilizarlos para aumentar y justificar ante la opinión la represión, para ocultar hipócritamente el papel de la violencia y el terrorismo institucionales. Lo que realmente preocupa al imperialismo es la persistente y tenaz voluntad nacional de los pueblos, su resistencia irreductible al régimen de ocupación y colonización aun después de siglos de dominación ideológica y política. Los atentados, en sí políticamente inofensivos, exasperan la natural ferocidad y provocan la irritación, la impaciencia y el furor vengativo y xenófobo del predador, pero no son un problema estratégico, un peligro ni una amenaza para el imperialismo y el nuevo orden o desorden imperial o hegemónico. La violencia y el terrorismo de Estado, de todo signo, han sido siempre y siempre serán más extensivos, activos y efectivos que los atentados, de otro modo no serían de Estado ni los atentados serían atentados. Han causado, en un sólo día y una sóla hora, pérdidas y sufrimientos humanos, militares y civiles incomparablemente mayores que todos los atentados de la historia universal juntos. Pero los monopolios ideológicos de lavado de cerebro, propaganda e intoxicación de masas, que corresponden a los monopolios de violencia y terrorismo, hacen creer hipócritamente lo contrario a las masas ideológicamente indefensas. Con la complicidad de los institucionalistas armados y desarmados, que encuentran su propio interés en resaltar los atentados y rebajar y disimular la violencia y el terrorismo de Estado.

“Las fuerzas armadas de ambas partes están negociando en Argel para fijar el marco político en que nos vamos a mover. Algún día tendrán que negociar.” Si antes eran la guerra y los atentados el medio de alcanzar la libertad, ahora son la tregua unilateral, la renuncia a la violencia y la ausencia total de atentados la condición absoluta de la solución del conflicto, según el “nuevo” institucionalismo. “Aquí empieza hoy la marcha a la independencia. El año que viene celebraremos aquí mismo la independencia. Mi partido tiene muy claro que la solución para el problema vasco está en el diálogo. Nosotros sostenemos que el proceso de solución del conflicto vasco ha llegado a un punto avanzado e irreversible. Hace falta mucha discreción, para no poner en peligro las negociaciones. Ahora se va a abrir un nuevo proceso de negociación y todos los presos volverán a sus casas. Si se produce un solo atentado, la solución del conflicto desaparece para varias generaciones. Euskal gatazka bake-bidetik abiatua baitzaigu oraingoan. Eta zinez abiatua ere. Se ha abierto una nueva era. No vamos a repetir los errores de un pasado que ha quedado atrás. Es la hora de la política. El pueblo decidirá su porvenir en democracia, sin violencia, sin imposiciones de la normalización sin ninguna violencia, por medios exclusivamente pacíficos, políticos y democráticos.”. Etc.

La lucha armada revierte finalmente al institucionalismo puro, porque sus protagonistas no tienen ni la menor idea de una estrategia de sustitución. Con el abandono de los atentados como pretendido factor estratégico, se cierran cincuenta años perdidos de rodeos y atajos para volver al mismo sitio, en condiciones mucho peores que antes. Si la ausencia de atentados y el monopolio absoluto de la violencia por el imperialismo “abren una nueva era política”, no se necesitaban “treguas” y amnistías para llegar a eso, bastaba con no haber empezado. El ruinoso derroche de recursos, tiempo y trabajo disponibles se habría evitado. Muchos muertos estarían vivos, los fugitivos en casa y los presos en la calle porque no habrían entrado en la cárcel.

La “normalización política sin ninguna violencia, por medios exclusivamente pacíficos, políticos y democráticos”, (sin perjuicio del reconocimiento del monopolio estatal de la violencia), es la palabrería formalmente absurda, reaccionaria, vacía, engañosa, equívoca y contradictoria que acompaña y encubre la conversión o reconversión a la honorabilidad institucional y el reconocimiento del monopolio imperialista de la violencia. Sin violencia, no hay política, ni derecho, ni instituciones, ni democracia, ni Estado, ni elecciones, ni candidatos a nada, ni imperialismo que combatir. El pasado que ha quedado atrás es el presente por él constituido. Si la “normalización” de que tanto se habla es la de libertad de los pueblos según el derecho internacional, es incompatible con las instituciones del régimen de ocupación.

Son los temas predilectos de la propaganda oficial los que reaparecen apenas encubiertos en la ideología institucionalista.



14

El segundo franquismo Incorpora los temas y fetiches tradicionalmente reputados como democráticos, de que se prevale para afirmar la legalidad (legitimidad) del régimen “democrático, pacífico, no-violento, fundado en la ley, el sufragio “universal”, los votos y las elecciones libres, la voluntad de la mayoría, la razón, la persuasión, el diálogo, los pactos, la palabra, el consenso, el Estado de derecho, el imperio de la ley, la Constitución que nos hemos dado entre todos”, es decir que se han dado ellos para que la suframos los demás. Pero semejante régimen político nunca ha existido y no existirá jamás, ni aquí ni en ninguna parte. Lo que es formalmente absurdo no existe y no puede existir, pero la propaganda monopolista, con el apoyo de los institucionalistas armados y desarmados, hace creer cualquier cosa a las víctimas propiciatorias que el despotismo en funciones fabrica a mediáticas manos llenas.

Las instituciones y las elecciones, las mayorías y las minorías, no fundan nada, si no es por petición de principio. “El acto por el que un pueblo es un pueblo es el verdadero fundamento de la sociedad.” Las instituciones libres y democráticas lo suponen. “La ley de la pluralidad de sufragios es ella misma un establecimiento de convención y supone, al menos una vez, la unanimidad.” Formal y materialmente, las elecciones libres suponen la libertad política.

No son en ningún caso las elecciones etc, los factores básicos y constituyentes del poder político, es el poder político el que precede, funda, produce, condiciona y regula las elecciones etc, que no tienen más sentido ni contenido que los de la fuerza estratégica con que se realizan. Los votos y las mayorías no son una fuerza política, manifiestan y sirven las fuerzas políticas reales que, con o sin representación parlamentaria, determinan el comportamiento social.

El electoralismo obsesivo y el fetichismo de las urnas de los institucionalistas armados y desarmados tratan de hacer creer que su participación en las elecciones es el criterio y el medio supremos de la política, del derecho y de la democracia, la cuestión primera, central y crucial, el factor decisivo que funda, condiciona, prima, subordina, sacrifica y desplaza todas las demás y justifica los exorbitantes costes sociales de la operación. Creer que la actividad política consiste en “elecciones y acuerdos programáticos” o en cuestiones accesorias de propaganda, organización etc, es vivir en offside de la más elemental realidad. En realidad, subestiman la capacidad de las fuerzas populares ante las elecciones y fuera de ellas, sobreestimando en consecuencia la eficacia de la participación electoral.

Según la propaganda institucionalista, “la política se hace con los votos, en una sociedad política lo más importante es el voto, la democracia empieza con los votos y las elecciones, la democracia consiste en mandar diputados al parlamento <español>, la democracia es hacer lo que quiere la mayoría <de los epañoles>, que se suban a un barril para pedir el voto de los ciudadanos <españoles>”, etc. Estas afirmaciones suponen que el régimen de ocupación es, “en realidad”, un régimen democrático por el simple hecho de convocar sus “elecciones”, cualesquiera que sean y en las condiciones que sean.

Donde “no hay más pueblo que el francés, o la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, sólo cuenta, formalmente, la mayoría (del Estado ocupante), y el sufragio “universal” es una farsa funcional, un truco ideológico. Una “minoría” previamente determinada y fabricada por la guerra, la ocupación y la colonización, no se convertirá jamás en mayoría. Un Estado sin división constitutiva y constituyente de poderes es un Estado totalitario, la dictadura es dictadura por formalmente mayoritaria que sea.

Electoralismo y parlamentarismo no reducen las contradicciones donde falta la homogeneidad política. “El procedimiento parlamentario se ha visto afectado en todas partes por la obstrucción organizada”, como los diputados irlandeses mostraron con su táctica pionera en el Parlamento británico. La heterogeneidad nacional se encuentra “en un conflicto insoluble con esas convenciones en las que se basa el parlamentarismo. Allí donde la homogeneidad existe, la Federación es jurídica y políticamente posible, la homogeneidad sustancial corresponde como supuesto esencial a cada uno de los postulados constitucionales. Allí donde falta, la estipulación de una ‘Federación’ es un pseudo-negocio nulo y equívoco.” La confederación y la federación son contratos bi o multilaterales. Un acuerdo, pacto, contrato o convención supone la pluralidad y la independencia de los contratantes, los Estados y las naciones que lo establecen. La decentralización administrativa, o autonomía en sentido estrecho, supone el Estado unitario.

Incluso en Estados nacionalmente homogéneos y relativamente democráticos, la función constituyente y legislativa se funda en la fuerza extraparlamentaria de la oposición, que precede y acompaña a las elecciones y los parlamentos. “La acción de las masas – una gran huelga por ejemplo – es más importante que la acción parlamentaria siempre y no solamente durante la revolución o en una situación revolucionaria. La experiencia histórica nos muestra que el fluido vivo de la voluntad popular rodea constantemente los cuerpos representativos, los penetra, los orienta.” Un parlamento de composición enteramente reaccionaria, con una oposición extraparlamentaria fuerte y determinada, realizará reformas que un parlamento “mixto” con una oposición débil y vacilante no adoptará nunca. Un parlamento sin oposición real no efectúa más reformas que las que convienen al poder establecido.

“Representarse las reformas legislativas como una revolución de larga duración y la revolución como una reforma condensada, es erróneo y antihistórico. La transformación social y la reforma legislativa son diferentes no por su duración, sino por su naturaleza.”

“Todo derecho de sufragio, como todo derecho político debe juzgarse según las condiciones sociales y económicas para las cuales está hecho.” La táctica de la oposición ante las elecciones se determina en función de su estrategia y ésta depende de la relación general de fuerzas, de la naturaleza del régimen establecido, del momento y la situación concretos. Indicaciones y contraindicaciones son paradójicas: el punto en que la participación electoral contribuye activamente o más activamente a la empresa de reducción y represión, recuperación y legitimación ideológica del régimen de ocupación, no se sitúa en la zona más baja y/o la más alta de la curva de desarrollo de la oposición popular, sino en su zona media, en la que las fuerzas extraparlamentarias alcanzan un nivel que no es reductible a la vía institucional pero tampoco las constituye en poder político dominante.

La “oposición institucional” ha demostrado su incapacidad para procesar estratégicamente sus “victorias”, ha hecho una cumplida demostración de cómo no debe utilizarse las elecciones para disminuir el peso y la proporción de una oposición democrática.

En el régimen imperialista y fascista votan los que los monopolios de violencia y propaganda quieren que voten, lo que quieren que voten cuando, como y donde quieren que voten. Si el resultado electoral no es “el que debe ser”, se cambian las reglas y los votantes, los manifestantes y los pueblos para asegurar el buen funcionamiento de la institución. De todos modos, el poder establecido juega con tan desmesurada ventaja política que procesa en su favor todos los resultados, le sean o no formalmente favorables. Las “mayorías” e incluso las minorías del poder establecido se utilizan efectivamente, los innumerables “triunfos” electorales de los institucionalistas periféricos son peripecias que se limitan, recuperan y entierran bajo el peso sin contrapeso de las instituciones.

En tales condiciones, o el pueblo tiene fuerza o no la tiene. Sin oposición estratégica, las “elecciones” se pierden siempre, la derrota está implícita en las condiciones que la preparan, y las gana el régimen que las organiza. Si tal oposición existe, no hay ni elecciones.

A la participación que, falta de desarrollo estratégico, convalida con o sin reservas la anexión, se oponen la abstención y el boycott, recurso natural, inmediato y radical de la resistencia de los pueblos a la conquista y la colonización. Son los medios más directos de “orientar los cuerpos representativos”, mil veces más efectivos que la participación electoral y parlamentaria. Esconder el boycott político de las instituciones por la mayoría del Pueblo vasco, aun reducido a los estrechos límites de la espontaneidad de masas, ocultar y desvirtuar las más políticamente significativas cifras de abstención, que ellos declaran irrelevantes, en lo que llaman elecciones libres, democráticas y sin violencia, es una imperiosa necesidad para el régimen de ocupación, que necesita por eso los votos armados o desarmados, aunque algunos se contabilicen como inválidos o minusválidos. Lo es también para los institucionalistas locales, que necesitan y encuentran por eso y para eso el apoyo de los grandes monopolios mediáticos de propaganda de masas. Entre unos y otros el acuerdo es completo para reducir la resistencia popular a los límites de la vía institucional. “Vota a quien quieras pero vota. Aunque nosotros perdamos, una elevada participación es una buena noticia para todos.”

Lo que los adalides de la lucha armada y la guerra revolucionaria denunciaban en 1977 como traición al pueblo y a la democracia pasó a ser primera exigencia en 1979, primero como “complemento” de los atentados, votando en las elecciones “con el compromiso de no figurar” en los órganos institucionales. El compromiso se superó rápidamente con representantes, diputados y senadores a sueldo “democráticamente elegidos”. Pero sólo en democracia cabe tener actuaciones y representantes institucionales democráticamente elegidos. Cuando se subordinaron a la participación, los atentados pasaron a ser complemento de la vía institucional. Finalmente, el voto y la participación orgánica tenían por condición el compromiso de abandonar los atentados por “la vía democrática en ausencia de toda violencia”.

“Hemos declarado la guerra caliente a la abstención. Será carne o será pescao, pero descartamos totalmente la abstinencia.” La guerra revolucionaria contra el régimen de ocupación se transformó así en frente común con él para combatir y reducir la resistencia civil, pasiva, natural, espontánea u organizada del pueblo ocupado. El resultado está a la vista. Cuando el poder político, que antes perdía el culo para conseguir que votaran, los echa a patadas de sus instituciones, poniendo en peligro privilegios y subvenciones, los promotores de la guerra revolucionaria se arrastran suplicando y mendigando que les dejen votar a toda costa. La guerra, la conquista, la opresión y la represión que fundan el régimen establecido no son impedimento apreciable y suficiente para que moderados y radicales lo acepten y reconozcan como democrático y no-violento, mientras les dejen votar a ellos.

El chantage de exclusión electoral que el régimen aplica para condicionar la participación impone todas las abdicaciones ideológicas y políticas, exige y obtiene la traición expresa de los principios y los derechos fundamentales de los pueblos y los Estados.

Tras algunos contratiempos e imprevistos, la táctica gubernamental en cuestión de atentados ha terminado así por imponerse. La negociación-trampa, la tregua unilateral y la represión sin tregua y más unilateral todavía, han acabado con ellos en beneficio del institucionalismo puro y sin mancha.

El nivel de exigencia del poder político establecido ha subido de tal modo como consecuencia de los dislates de cincuenta años, que el peaje ideológico a pagar no permite escapatorias. El institucionalismo armado ha concluido en el reconocimiento y la apología del régimen establecido y del monopolio estatal de la violencia.

Poner de manifiesto la opresión y el terrorismo imperialistas, denunciar las ignominias de la represión, son tarea de toda oposición. Pero, al supeditarla a la participación electoral a toda costa, el medio elegido destruye al fin perseguido. Si “los hechos han demostrado que ir a las elecciones es la única manera de poder decir algo en éste país” (1979), pero no decir nada, o algo peor, es la única manera de ir a las elecciones, si para concienciar a las masas sin formación ni información hay que participar, y para participar hay que callar o proclamar el carácter democrático y no-violento del régimen imperialista, la táctica electoralista de concienciación se contradice a sí misma. No se puede concienciar a quien no lo está optando por “la vía institucional democrática y no violenta”, lo que implica la apología del régimen y la negación de la realidad del imperialismo. (Si todo es un truco para estar en las elecciones y el pueblo lo sabe, no está tan deconcienciado como dicen.)

Tras treinta y tres años perdidos para tragar la píldora y hacérsela tragar a sus seguidores, la burbuja ilusionista-del institucionalismo armado y desarmado se ha desinflado. La autosugestión-intoxicación colectiva, el triunfalismo y la euforia de las campañas y las “victorias” electorales, las gratificaciones, compensaciones, rentas y delicias de la gestión y el reformismo institucionales tratan de ocultar la bancarrota de la lucha armada. Pero no son las elecciones municipales y regionales, en ausencia de toda oposición estratégica, las que van a abrir una nueva era.

Faltos de la referencia de la resistencia popular en que no han creído nunca, confunden el oportunismo y el electoralismo con la política de liberación. A eso le llaman concienciar al país. Si lo que pretenden es volverlo idiota no podrían hacerlo mejor.

Si estar en las elecciones es el objetivo supremo, al que se supeditan y sacrifican también “la lucha armada y la guerra revolucionaria”, bastaba con no haberlas empezado. Las “elecciones”, que antes estaban abiertas a todos, seguirían estándolo, porque no se habrían cerrado a nadie.

Denostar al institucionalismo tradicional durante cincuenta años, para hacer luego lo mismo que él, en peores condiciones que antes, es una “alternativa” cuyas consecuencias eran previsibles, previstas y anunciadas, (véase, por ejemplo, “Otra vez elecciones generales”, en Iparla 1979, etc.)




15


Moderados y radicales han hecho tantas y tales concesiones ideológicas y políticas, que sus pretensiones resultan incoherentes e indefendibles. Llevan setenta años repitiendo los mismos infundios, y si queda y encuentran quien se los trague todavía y el poder lo necesita, así continuarán todo el tiempo que puedan.

Moderados y radicales han reconocido como legítimo y democrático el régimen de ocupación y no pueden ni quieren escapar a las lógicas e inevitables consecuencias de su reconocimiento. Incapaces de plantear siquiera el problema real del imperialismo, “resuelven el problema vasco” negándolo o dándolo por resuelto. Si el imperialismo y el fascismo fueran democráticos, pacíficos y no-violentos, capaces de dialogar o respetar los derechos humanos fundamentales, no serían el imperialismo y el fascismo, y no habría problema que resolver. Tratan de hacer creer a los pueblos, y tal vez a sí mismos, que el imperialismo y el fascismo, como el diablo, no existen. Por desgracia, el nacionalismo imperialista existe y su objetivo no es el diálogo etc, sino la liquidación por todos los medios del pueblo subyugado.

Un Estado criminal establecido y conservado por siglos de crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad, mediante la conquista, la ocupación, la colonización, el pillaje y el Terror, que durante años o durante siglos ha ejercido y sigue ejerciendo el poder político, económico e ideológico, ahora en plena posesión de los monopolios de violencia, represión y propaganda, que practica el terrorismo mediático como el de las bombas incendiarias contra poblaciones civiles sin defensa, que somete a deculturación, aculturación, reeducación, censura, lavado de cerebro, intoxicación y adoctrinamiento obligatorio a generaciones enteras desde la primera infancia, dueño y señor de fronteras políticas y administrativas, de las relaciones y comunicaciones internacionales, de los movimientos demográficos, de las fuerzas productivas y los flujos económicos, no es accesible a la persuasión y el diálogo, no organiza, consiente o padece operaciones institucionales susceptibles de derrocarlo y sustituirlo, no capitula ante los atentados, por mucho que se les llame guerra revolucionaria o lucha armada con la esperanza de cambiar las cosas cambiándolas de nombre, no va a retroceder y a proceder a su autodesarme para una “solución del conflicto por medios exclusivamente democráticos y pacíficos dentro del más absoluto respeto a las instituciones, con un proceso de autodeterminación sin ninguna violencia, por medio de votos y elecciones, persuasión y diálogo, negociación y acuerdo entre todos, atentados, concentraciones y huelgas ‘generales’ de demostración, huelgas de hambre limitadas, reales, simbólicas o testimoniales, agitación estéril, procesos de paz, oportunidades históricas, saltos cualitativos, propuestas de libre asociación y consultas para opinar sobre consultas para decidir sobre no se sabe qué, ‘treguas’ unilaterales permanentes pero no definitivas, entrevistas muy positivas porque hay voluntad política, mediaciones internacionales”, y demás hallazgos de la oposición oficial oportunista, realista, posibilista, maximalista, minimalista o medievalista.

La realidad del régimen de ocupación establecido y conservado por la violencia y el terror, su esencia imperialista y fascista, su incompatibilidad radical con la libertad, la democracia, el derecho de autodeterminación de los pueblos, primero de los derechos humanos y previa condición de todos los demás, son práctica y teóricamente negadas por los agentes, colaboracionistas, cómplices y “opositores” oficiales de un sistema que no se atreven siquiera a calificar de totalitario, fascista e imperialista. Se inventan por ello el régimen político que les permita conservar a la vez sus privilegios y sus perspectivas de “cambio político”, en una extraña democracia que no se instauró ni se conservó ni se conduce democráticamente pero, según ellos, sigue siendo democracia. Por cualquier lado que se mire, la ideología de los institucionalistas armados y desarmados revierte a la negación, el encubrimiento y el disfraz del imperialismo y el fascismo como realidad política. Para encubrir las inevitables consecuencias, previsibles y previstas, de la incontenible deriva que les ha llevado del oportunismo a la colaboración, la complicidad y la traición, han desarrollado una propaganda que incorpora una ocultación o negación obstinada del papel de la violencia en la política, el Estado y el derecho, una idea trucada de la democracia, una completa falsificación del derecho fundamental e inherente de autodeterminación de los pueblos.

En la resistencia al fascismo y el imperialismo, un pueblo que no se asegura un espacio interno de construcción y participación teórica e ideológica, de crítica, reflexión y comunicación, por mínimo o clandestino que sea, está perdido. La censura, el oscurantismo cultural, el adoctrinamiento interno y externo, el dogmatismo autoritario y sectario, la demagogia, la “discreción” y el secretismo burocráticos, impiden la renovación de la conciencia política, la difusión y el acceso popular al conocimiento socio-político, en un país culturalmente subdesarrollado por siglos de despotismo y ocupación.

La pretendida oposición ideológica, a cargo de figurantes preseleccionados, complacientes, corrompidos o aterrorizados, resulta en el pensamiento único del Estado único, cuya propaganda repercute y conforta. La crítica y los debates ficticios que interpretan se reducen a decir lo que al poder establecido le conviene que digan para dar pie a sus propias ideas, que son las únicas toleradas y difundidas. En régimen de ocupación imperialista y colonial no hay más libre expresión que la ilegal o clandestina.

Los institucionalistas armados y desarmados son conscientes de su incapacidad para afrontar la más elemental crítica política. Han sido siempre por eso adversarios irreconciliables de la libertad de expresión e información, que pondría en evidencia y haría imposible su empresa ideológica y política de sumisión, ilusionismo y embaucamiento de las fuerzas populares, empresa que no pueden proseguir sino hablando solos, al abrigo de los monopolios fascistas de terrorismo mediático, propaganda e intoxicación de masas. Se lamentan de la represión contra la libertad y el derecho de expresión e información, los de ellos, pero han cooperado siempre y participan, en la tarea de negarla a los demás, por todos los medios de difusión, confusión y represión que los monopolios de propaganda del régimen de ocupación ponen a su alcance.

Sólo el poder totalitario y, paradójicamente, los partidarios de “la vía institucional y la lucha armada”, tienen interés en ocultar la realidad del régimen establecido, en particular su dimensión constitutiva de violencia y terrorismo. El primero necesita reforzar y justificar la represión, los segundos buscar credibilidad a su pretendida estrategia de oposición.

Son de tal calibre las majaderías formales que los monopolios de propaganda y guerra psicológicas difunden a todas horas a este respecto, que descubren de por sí la naturaleza del régimen que las utiliza y las fenomenales tragaderas que ha conseguido desarrollar entre las poblaciones a que van dirigidas. Imbuir a una población de tales insanidades materiales y formales, sería misión imposible sin la eficacia casi ilimitada de los monopolios de violencia, terrorismo, propaganda e intoxicación de masas, con el derrumbe consiguiente de la opinión y la memoria, la culpabilización, la endeblez o la degeneración moral del pueblo que los padece.

Aparentemente, la burocracia institucionalista se ha tragado también, deliberadamente, con delicia, entera, cruda y sin pelar, la ideológica patata podrida de la “democracia no-violenta”, y se la ha hecho tragar a buena parte del País. Infundios reaccionarios como “el art 8 de la Constitución que da su poder al Ejército, el proceso de autodeterminación sin violencia legalizada ni de respuesta, la violencia en los cuarteles, las cárceles y la comisarías, el régimen de excepción” etc, ocultan y niegan hipócrita e insidiosamente la violencia constitutiva del régimen de ocupación.

La incompetencia y la indigencia manifiestas de moderados y radicales en materias políticas e ideológicas, no explican el negacionismo por su parte de la violencia y el terrorismo de Estado, que obedece a una necesidad objetiva y profunda: los institucionalistas armados y desarmados no pueden denunciar la violencia y el terrorismo de Estado. “Revelar” la actualidad y las dimensiones de violencia y terrorismo del régimen establecido sería poner de manifiesto la inanidad de “la vía institucional y la lucha armada” para oponerse a la aplastante superioridad material de los monopolios de violencia y terrorismo de Estado y al orden político establecido y conservado por la guerra, la ocupación y la colonización, reforzado por el apoyo sin reservas de las Naciones unidas, la Unión europea y los Estados miembros. La necesidad de buscar credibilidad a “la vía institucional y la lucha armada“ conduce a sus promotores a la negación de la realidad.

Los devastadores efectos de la represión de las ideas y del monopolio de la propaganda fascista e imperialista sobre las masas populares ideológicamente indefensas se ponen de manifiesto en esta cuestión axial del conflicto político. Que todo sea producto de la estupidez, de la mentira deliberada o de la mala fe, el resultado es el mismo.

La única solución democrática al problema de la violencia primera y fundamental y sus consecuencias, directas e indirectas, es la construcción y la institucionalización de una estrategia política coherente y efectiva contra el fascismo y al imperialismo.



16

Salvo exterminio o expulsión total, el imperialismo no puede reducir a los pueblos sin la colaboración, la complicidad o la traición de parte de ellos. Los pueblos se atacan y se arruinan desde fuera, pero se derrumban y se hunden desde dentro.

El fascismo y el imperialismo no han podido aquí alcanzar sus objetivos sin la participación decisiva, continuada y obstinada de los protagonistas de la vía institucional y la lucha armada. Sin ella, los más terribles y funestos errores habrían podido evitarse, no habría podido el segundo franquismo, que ha durado ya tanto como el primero, establecerse, mantenerse, consolidarse y desarrollarse como lo ha hecho en los últimos cincuenta años.

Subjetiva u objetivamente, son parte necesaria de la empresa que ha fundado el presente régimen político y aportado la “democracia”, es decir la autorreforma y la consolidación del franquismo bajo el protectorado de las potencias hegemónicas, que sustituyeron a las potencias del Eje que lo establecieron. Son la primera línea avanzada fortificada, auxiliar y periférica, del dispositivo imperialista y fascista de represión y propaganda. Mientras el poder real aprecie en el pueblo sometido alguna virtualidad política, no puede “pasar” de ésta mediación.

Por incompetencia, estupidez, corporatismo, burocratismo dedocrático, exhibicionismo, mezquinas y delirantes ambiciones, corrupción, oportunismo, colaboracionismo, complicidad y traición, los institucionalistas armados y desarmados han hecho suyos los supuestos estratégicos y los principios ideológicos del régimen de ocupación, dentro de los cuales no hay cabida ni salvación para la libertad y la democracia.

Estrategia y táctica sólo pueden fundarse en la propia determinación autónoma de los fines, medios y obstáculos en presencia. Implican sentido crítico, iniciativa, invención, innovación y renovación. No pueden consistir en la respuesta puntual y automática a la represión, a sus concesiones, imposiciones, prohibiciones o provocaciones. Si el cornúpeta embiste y se rompe los cuernos allí donde le ponen la barrera, basta al matarife situarla donde le conviene para conocer y determinar de antemano el comportamiento de su víctima. Si basta convocar o prohibir elecciones o cualquier otra cosa para que institucionalistas armados y desarmados concentren sus esfuerzos en el terreno y la dirección que les asignan, no queda oposición táctica ni estratégica que valga. La supuesta oposición hace lo que le mandan creyendo hacer lo que le prohíben. Sin tenacidad y perseverancia no cabe desarrollo estratégico, pero la vana obstinación o la terquedad inútil no pueden considerarse virtud política.

Al contrario de los franquistas oficiales, los institucionalistas periféricos armados y desarmados son incapaces de autorreforma. Sus propias condiciones externas e internas se lo prohíben. Han estado siempre cerrados a toda aportación propia del país que dicen representar, pero abiertos a toda infiltración o penetración ideológico-política de sus “aliados” de la nación dominante. Se unieron siempre con ellos para cerrar el paso, por todos los medios, a toda tentativa ideológica y política de oposición estratégica al institucionalismo fascista español.

No hay en todo ésto conflicto entre “abertzale moderados y radicales, de izquierda y de derecha, armados y desarmados”. La única contradicción ideológica y política que se da, la que decide y preside todo lo demás, opone al fascismo y el imperialismo con sus colaboradores y cómplices, a una resistencia estratégica consecuente.

El régimen de ocupación tiene como pilares la violencia, el terrorismo, la propaganda, la corrupción, con la colaboración o la complicidad de sus servidores de la quinta columna indígena. Desde el Pacto de Santoña, por lo menos, tuvo el necesario complemento táctico en organizaciones y representantes aborígenes nombrados, condicionados, potenciados, financiados, dirigidos directa o indirectamente desde el poder establecido. Son la quinta columna y el Servicio auxiliar de información y propaganda, provocación y represión que el despotismo tradicional financiaba y al segundo franquismo le salen gratis. Los diversos Servicios oficiales y oficiosos han mantenido y mantienen en activo puntos de contacto, informadores, portavoces, “interlocutores y negociadores“ en activo, disponibles o en reserva, que les permitan descubrir, conocer, provocar, intoxicar y corromper los focos actuales y virtuales de resistencia democrática, ganar tiempo y hacerlo perder a los demás, transmitir y avalar insidiosamente su propaganda, contener, controlar, manipular, infiltrar, recuperar, distraer, desviar, debilitar, dividir, demoralizar, culpabilizar, desgastar, quemar, diezmar, arruinar y agotar las fuerzas vivas, los recursos materiales y humanos del pueblo ocupado. Institucionalistas armados y desarmados son una mina inagotable y a flor de tierra para los equipos de información, investigación y provocación del régimen establecido, que penetraron en sus organizaciones ideológicamente indefensas como el cuchillo en la mantequilla. Las elecciones, las manifestaciones y las negociaciones de la víspera preparan la información, la propaganda, la represión, las torturas, las confesiones y las revelaciones del día siguiente, sin píldora que lo remedie. El régimen imperialista de ocupación es también el medio decisivo y permanente para resolver las querellas “internas”.

La represión política e ideológica se articula o se confunde con el reconocimiento, el enaltecimiento y la exaltación. En un conflicto profundamente arraigado y vascularizado, lo que es motivo de abominación para unos lo es de prestigio y adhesión para otros, depende de dónde se posicionen y del punto de vista que adopten. Una relación ambigua, perversa y a doble efecto se instaló y desarrolló así entre el poder real y una oposición previamente oficializada, formateada, recuperada e incorporada en las instituciones monopolistas de violencia, propaganda y guerra psicológica, con un gigantesco, artero, continuado, abrumador y decisivo despliegue de difusión, propaganda e intoxicación mediáticas. La dosificación y la articulación de este doble juego es tarea de los Servicios especiales del régimen de ocupación, que reprimirán y limitarán siempre todo lo que de algún modo proceda del pueblo sometido, pero no dejarán que se pierda cuanto puede servir para evitar algo peor.



17

“La cuestión de organización es parte de la cuestión general de la lucha de clases.” Por desgracia, una sociedad moderna no puede prescindir de la difícil, costosa y aleatoria producción de una clase política y una organización burocrática propias, relativamente competentes y controlables. No hay “clase” política diferenciada sino en cuanto órgano de una función estratégica. Sin función estratégica no hay órgano político, y sin órgano ni función como primera condición no hay otra política que la del régimen imperante. La necesidad es tanto mayor para la nación oprimida que para la opresora. Incluso un país tan políticamente subdesarrollado como España puede valerse de un material de ínfima o deleznable calidad, que sería fatal para aquella, o ir tirando por inercia administrativa. Calificar de mediocre a la actual clase política española es hacerle un favor. Pero sus talentos y sus talantes, aunque no sean precisamente genios, saben o perciben cuando menos de qué va la práctica política, al servicio de una administración de ilimitados poderes y del ejército español, clase política real y columna vertebral de España desde hace dos siglos. Nulidades y números negativos como los de aquí no tendrían sitio en ninguna parte, lo que, para desgracia nuestra, les hace instalarse en las instituciones locales, donde operan como auxiliares del poder político real en cuanto servicios auxiliares y correas de información, transmisión y penetración.

Pero los institucionalistas locales no están tan locos ni son tan tontos como aparentan. Bien al contrario. Atentos al interés y el beneficio propios y los de su clientela, el coste social de todo ello les tiene sin cuidado mientras duren las subvenciones, los privilegios, el nepotismo, los enchufes y las doradas sinecuras “privadas” por servicios prestados o por prestar. El vasto conglomerado institucionalista local armado y desarmado, sus agentes y beneficiarios, se apoyan en una estructura de clase, financiera, política y clerical, cuyos mentores y rectores, si no sus seguidores y hombres de paja, saben muy bien lo que se hacen y a dónde van. Por sus condiciones e intereses, porvenir, ideología y estrategia, se encuentran estructural y simbióticamente, económica, política e ideológicamente unidos al régimen vigente. Coinciden activamente con él en la tarea prioritaria de evitar todo desarrollo de una conciencia y una oposición de nivel estratégico e institucional, que pondrían en peligro el sistema de que forman parte.

La falta de clase política es mal endémico de este pueblo, que carece de las condiciones históricas, sociales, políticas y culturales para fabricarse una. El vacío correspondiente produce un efecto de succión para advenedizos, charlatanes, exhibicionistas, incapaces, aprovechados y arribistas de toda procedencia que se descubren una vocación y un destino político en el burocratismo, el corporatismo, el oportunismo, la corrupción, la colaboración y la complicidad con el fascismo y el imperialismo. La ausencia de democracia interna es condición de una burocracia que se desarrolla y reproduce autónomamente.

Conservarse, engordar y reproducirse es la ley fundamental de funcionamiento y comportamiento de la burocracia. Su permanencia en el tiempo y el espacio se asegura mediante nomenklatura, cooptación o dedocracia de auxiliares y sucesores.

La nomenklatura produce, por su propia naturaleza, la selección a contrario. La primera ley orgánica del burocratismo es asegurar que cada colaborador o sucesor sea más tonto o inepto que su predecesor o superior jerárquico. Al cabo de un número variable de nombramientos acumulados, el nivel resultante toca fondo, los síndromes de oligofrenia y psicopatía se manifiestan o agudizan en “esos enfermos que nos gobiernan”. La deriva degenerativa es inherente al burocratismo. No es un método de transmisión, reproducción o sucesión, es un método de fosilización, y sólo produce fósiles. No puede frenarse desde dentro. Es irreversible y sólo se interrumpe cuando sus efectos nocivos se manifiestan cada vez con mayor claridad, hasta devenir letales. La crisis obliga entonces a buscar injertos de procedencia externa que a veces acaban con la organización.

Podría pensarse que, por su mismo componente esencial y diferencial, los atentados, “la lucha armada y la guerra revolucionaria” escaparían, cuando menos, a la deriva degenerativa inherente al burocratismo. De hecho, los atentados facilitan y provocan de tal modo la represión que la burocracia no tiene tiempo de estabilizarse y desarrollarse, la violencia y el terrorismo de Estado se encargan de imponer su renovación a partir de nuevos adherentes. La promoción interna se realiza según la capacidad demostrada para efectuar atentados. Pero los atentados, que no producen la capacidad política, impiden la evolución y el progreso escalonados, la edad mental se congela en la adolescencia. La capa dirigente empieza siempre al mismo nivel y deja el piso libre tal como lo ocupó, la siguiente vuelve a empezar sin aprender nada de la experiencia precedente.

Los pueblos oprimidos pueden soportar muchas cosas, pero una burocracia incompetente, engreída, indecisa, oportunista, derrotista, corrompida, manipulada, infiltrada, colaboracionista o cómplice, encuadrada en los servicios auxiliares del imperialismo como parte integrante ideológica y política de la estructura de dominación y ocupación, es un handicap que no pueden permitirse. Desembarazarse de su esterilizante tiranía es condición primera de recuperación democrática. Su erradicación ideológica y política es una tarea de salud pública, sin la cual el restablecimiento de las fuerzas democráticas es imposible. Pero una clase política es un producto social difícil, raro y caro. Toda sociedad tiene, en buena medida, la clase política que se merece, y no siempre los medios de enfrentarse a ella.



18

Los oportunistas-institucionalistas armados y desarmados han arrastrado a la impotencia y el inmovilismo al pueblo que dicen defender y representar. Lo han engañado, extraviado, diezmado y arruinado, dividido, aburrido y demoralizado, sumido en la indefensión, la división, la nulidad estratégica, la alienación política, ideológica y mental. Lo han metido y encerrado en una trampa sin salida. No tienen la menor idea de cómo escapar de ella, ni la menor intención de buscarla, ni esperanza de encontrarla. Su misión histórica consiste en reducir y mantener la resistencia del Pueblo vasco a nivel infrastratégico.

Económica, política e ideológicamente dependientes del régimen en que se encuentran cómoda y en muchos casos incómodamente alojados o desalojados, coinciden activamente con él en la tarea prioritaria de evitar todo desarrollo de una conciencia y una oposición de nivel estratégico, que pondrían de manifiesto su incapacidad teórica y práctica para afrontar un conflicto que han llevado a su más avanzado grado de putrefacción.

Es indudable que las fuerzas populares se encuentran sumidas en la confusión y la impotencia. Pero se encuentran ahí porque los institucionalistas armados y desarmados las han reducido a ello. Hace medio siglo que el sabotaje, el engaño, la farsa y la burla se prosiguen de esta manera, asegurando, de paso, la continuidad corporativa de la vanguardia triunfante.

La opinión pública, por espontánea y poco definida que sea, se ha sentido y manifestado siempre frustrada por la actitud de sus pretendidos representantes, cuya demagogia esconde la voluntad permanente de reducir la oposición al conformismo institucionalista, siempre al margen de toda implementación estratégica. Durante cincuenta años, las mismas bases de los partidos institucionalistas periféricos han demandado una estrategia consecuente de resistencia democrática al imperialismo, han mostrado su rechazo del institucionalismo, el oportunismo, la sumisión y la colaboración.

Pero la subclase política aborigen y su burocracia reinante, instaladas hace tiempo de forma permanente y virtualmente definitiva como oposición del régimen establecido, abandonaron hace tiempo toda política ordenada a la independencia nacional, relegada a las calendas griegas. Sólo quedan de ella invocaciones vacías y demagógicas.

El institucionalismo armado y desarmado ha llevado a sus partidarios a la más negra desesperación, rasgada periódicamente por accesos delirantes de euforia colectiva que preparan la sucesiva y cada vez más profunda fase depresiva. El derrotismo inherente a una política de perdedores, la experiencia del fracaso manifiesto y constante, han arruinado la credibilidad nacional e internacional del movimiento de liberación democrática, paralizado su desarrollo efectivo en los medios sociales mejor preparados par ello, bloqueado su expansión en las zonas cultural y políticamente subdesarrolladas. Es el precio a pagar por las ilusiones y el escapismo, los rodeos minimalistas y los atajos maximalistas de los embaucadores de turno, por la “incapacidad” para plantear los problemas y su tratamiento en el único terreno que los constituye, la relación de fuerzas y su modificación estratégica. Los pueblos débiles, poco o nada aptos para la política internacional, se pasan así la vida esperando algo que no llega nunca, porque nada, y menos la libertad, llega nunca por obra de las vanas ilusiones que producen una y otra vez amargas desilusiones. “Abertzale, beti galtzale”, es la desengañada y melancólica conclusión de los que alguna vez creyeron en la virtualidad política de la vía institucional y/o la lucha armada.

“A éstos, caña”, es la conocida conclusión de todos los órganos de gobierno y represión de Francia y de España, de Europa y de América, como de su opinión pública, que sólo ven en todo ello lo que realmente es: debilidad e incapacidad en que apoyarse para aumentar y mejorar los medios y las medidas de violencia y terrorismo de Estado, para extender e intensificar la represión, acelerando la marcha a la solución final con el apoyo incondicional de las Naciones Unidas, la Unión imperialista europea y los Estados integrantes del sistema de dominación imperialista y terrorista internacional.

Mientras moderados y radicales juegan a democracias imaginarias, el bulldozer nacionalista, fascista e imperialista, prosigue día a día su obra de demolición, el rodillo económico, político, racial, lingüístico y cultural de la apisonadora colonial avanza a paso de gigante hacia la completa destrucción del Pueblo subyugado. En los últimos años ha sufrido heridas más importantes que en toda su precedente historia. Hola segituz, gureak egin du.

Al imperialismo y el fascismo sólo se les combate con una oposición de nivel estratégico. Si no se puede o no se quiere alcanzarla, entonces no se les combate con nada.

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